A whole new world

Me maravilla la velocidad a la que pasa el tiempo en esta ciudad llena de cafés y panaderías, de personas gritando palabras inteligibles y mirándome mal cada vez que doy las gracias sin llegar a pronunciar del todo la palabra, de gente joven multicolor que sonríe por las aceras.

Ya han pasado dos semanas que aquí que se sienten como dos meses, llenos de gente y emociones que me sobrepasan a cada minuto y que, por otro lado, no cambiaría por nada. Dos semanas en las que no ha habido tiempo para secarse las lágrimas antes de pagar la siguiente limonada recién hecha, el próximo café con otro extraño que en seguida dejará de serlo, o por lo menos no tanto. Dos semanas en las que la sucesión de días y noches se acompaña de cientos de “I’m exhausted” que sin embargo sobrellevamos siempre con tal de terminar una conversación, acabar el capítulo de un libro o simplemente aguantar hasta las doce para cantar cumpleaños feliz a otra cara exultante de felicidad.

Han sido dos semanas intensas (tanto que me he olvidado de escribir, o no he querido hacerlo, o cuando he querido me he dormido con el ordenador encendido). Dicen mis segundos años que ellos tuvieron una mala experiencia durante sus primeros días aquí, llenos de horas en las que no sabían qué hacer, dónde ir o con quién estar, y que por eso nos han tenido tan ocupados. Yo, personalmente, no sé cómo agradecerles que se preocupen tanto por nosotros durante todo el día, tanto en cosas tan tontas como enseñarnos a poner la lavadora como en otras más serias como ofrecer un hombro sobre el que llorar cuando las circunstancias nos sobrepasan. El cariño y la gratitud que puedo sentir hacia personas que hasta hace unos días eran completos desconocidos es indescriptible.

Hemos vivido dos semanas vacacionales, y aunque sé que estas vacaciones eran necesarias, que necesitaba(mos) un tiempo de transición que hiciese de éste un cambio un poco menos drástico, no puedo esperar a recuperar una rutina sobre la que vivir, por poco rutinaria que la vida aquí, en UWC Mostar, pueda llegar a ser.

Y con esta actitud he comenzado mi primera semana de colegio. El BI obliga a todos sus estudiantes a cursar seis asignaturas, tres a nivel superior y otras tres a nivel medio, todas de diferentes grupos del famoso hexágono y a elección del estudiante, según sus preferencias.

Afortunadamente, tenemos un mes para probar diferentes clases y decidir qué nos conviene más en base a cualquier criterio que podamos tener. De momento, lo único que tengo claro es que quiero sacrificar parte de mi vida social haciendo Química y Matemáticas a nivel superior. Lo demás está por ver… Al fin y al cabo, mis prioridades sitúan el Bachillerato allá por el final.

Es por eso –y considerando que yo he venido aquí a hablar de mi libro– que declaro, de ahora en adelante, este blog libre de cualquier información relativa a mi vida académica

Mi vida, aquí en Mostaza (:D) va mucho más allá.

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