Mostarac

Conocí a Dani una tarde de verano en la boca de metro de Lavapiés.

Aquel día yo había comido con unos amigos y me había tirado todo un plato de aceitunas por encima -con la consecuente peste a encurtido- había corrido al centro comercial más cercano para comprar una camiseta que no oliese a anchoas y me había enfadado conmigo misma por participar, otra vez, de la locura consumista que suponen esos sitios.

Mi humor, resumamos, no era el más adecuado para conocer a dos personas que supondrían mi único lazo con mi nueva vida hasta que ésta comenzase.

Oliver y él me llamaron al móvil, aún estando a dos pasos de distancia, para asegurarse de no presentarse a la muchacha de pelo oscuro equivocada. Dani me dio dos besos torpes -por más que practico no consigo que esa costumbre tan española me salga de manera natural- y nos pasamos las siguientes cinco horas bebiendo cerveza y coca-cola sentados en sillas de Mahou, en uno de esos bares madrileños hasta la médula, de los que con solo pensar en ellos hace que me retuerza entera de nostalgia. 

Qué sano que es reír.

Fueron mis primeros contactos con Mostar y no me puedo imaginar cómo podrían haber sido mejores. Y aunque en aquella tarde que no olvidaré nunca ninguno de los dos dejó de bromear sobre cómo me vería Dani cuando viniese a Herzegovina a principios de septiembre, el momento en el que me encontré con un chico cargado de maletas a la entrada de Musala, preguntando en un local lleno de “eehms” por Alisa, me sorprendió como nada.

Es curioso lo que puedes unirte a una persona por solo tener tu nacionalidad. Es estúpido. Es hermoso.

Dani se graduó en Mostar hace dos años, y se ha pasado los dos últimos estudiando Relaciones Internacionales en la Complutense. Es zamorano, pero su tiempo en Madrid le ha hecho aprender a hablar mazo madrileño. Viste con ropa oscura y sudaderas de Def con Dos. Habla de política, de banderas, de república y de democracia. De paz, también de guerra. Toca la guitarra al tacto, sus dedos vuelan sobre el mástil y la mano derecha se convierte en un borrón de lo rápido que la mueve. Canta en bosnio con estilo flamenco letras que reclaman un mundo mejor. Sueña con crear un mundo mejor. Él crea un mundo mejor.

Es una leyenda en Mostar: aprendió a hablar local de manera fluida en su primer año. Controla declinaciones y variaciones de dialecto. Él solo hizo más por la unificación entre alumnos internacionales y locales que la mayoría de las personas que han tenido la suerte de pasar por este colegio. Como me dice, es nuestro mayor reto. Y el más bonito.

Hablar con él es divertido, te hace ver el mundo a su manera. Se supera a sí mismo, no se autocompadece. Quiere a Mostar de una forma única. Pertenece a Mostar.

Releo lo que he escrito y me doy cuenta de la admiración de mis palabras. No es falsa. Por supuesto, ni él es perfecto ni nos hemos conocido lo suficiente como para que yo pueda medir sus faltas. No me importa. Es mi inspiración, mi modelo a seguir, lo que yo quiero conseguir en mis dos años aquí.

El lunes Dani se fue. Volvió a Madrid y a su vida complutense. Echo de menos su guitarra y su voz cantando a Los Delinqüentes.

Sé que estará bien. Sé que yo también. Sé que le volveré a ver, y eso me hace feliz.

Dani, volimo te.

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