Rutina, Vol. 2

Escribía hace un par de semanas sobre mi vida, rutinaria sin llegar a serlo, en esta ciudad balcánica que me enamora cada día un poco más.

Hablaba del UWC day, de mis ganas de aprender y de mi persona cantando delante de muchas personas (vale, no tantas) con un micrófono que estaba muy alto.

Como decía, todo muy rutinario.

Otra semana de clases y de vuelta a las aventuras: Dubrovnik, Croacia, como nuevo destino.

Queríamos hacer autostop, muy común aquí, hasta la costa adriática, pero el grupo que inicialmente iba a ser de tres (Mandula, Eirik y yo) acabó degenerando en otro mucho más grande que incluía a Nadia, Simon, Bono y Paula. Y a pesar de que decidimos dividirnos, los únicos que llegaron a nuestro destino subidos en el coche de un desconocido y armados con navajas suizas y desodorante en spray (solo por si acaso) fueron Mandula, Eirik y Simon.

Y después de un viaje tranquilo escuchando a los Cranberries, Dubrovnik.

Dubrovnik fue siempre un sitio turístico. De cara al Adriático, el sol y la montaña atrajeron a turistas durante muchos años, alcanzando un pico en los noventa que la guerra hizo caer en picado tras el bombardeo a la ciudad, seguido de un asedio de seis meses.

El único contacto que había tenido con ella había sido desde el avión durante mi viaje, ya que aterricé allí. Del aeropuerto a Móstar la ciudad que vi fue… bueno, dejémoslo en que no fue.

Después de la guerra la ciudad fue reconstruida, particularmente el casco antiguo. Personalmente, la encontré demasiado nueva y falsa, casi como un parque temático, llena de piedras que pretendían dar aspecto viejo pero que brillaban demasiado como para poder tener más de diez años y repleta de turistas ruidosos y molestos; todo muy parecido a la ciudad vieja de Móstar. Por primera vez desde que llegué a los Balcanes, escuché a gente hablar castellano mientras paseaba y me asusté cuando reconocí a grupos de españoles sin necesidad de atender a sus palabras, simplemente por su tono de voz. Horroroso.

Así que nos escondimos  con nuestro horror en una cala donde nadamos y saltamos desde las rocas. Comimos los bocadillos que habíamos tomado prestados de la cantina y seguimos paseando. Un intento de hoguera que el noruego, acostumbrado a salir al campo, no conseguía mantener salvado por Paula (quién lo hubiera dicho…) Salchichas crudas, patatas que intentan asarse entre las ascuas, vino barato, risas. Y después, gente llamando a la policía, nosotros corriendo, recogiendo, aplastando las pocas patatas que se habían llegado a asar (nunca perdonaré a Simon por eso) y más risas, más vino, más sal en nuestra piel tras volver a bañarnos entre las rocas.

Volvimos a Móstar destrozados, habiendo dormido media hora tirados en un parque y otras tres en un autobús lleno de gente con policías recogiendo los pasaportes cada vez que cruzábamos una frontera… Por desgracia, mucho más a menudo de lo que había imaginado.

El lunes ninguno fue a clase, recuperando horas de sueño y curándonos de nuestros resfriados… But oh, so worth it.

¡Ah! ¿Y la mejor parte de todo esto? El viernes salgo para Viena.

¡Feliz Bajram!

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