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He deshecho la maleta y la sábanas vuelven a estar arrugadas sobre mi cama. Mis tres horas de estudio de anoche se redujeron a dos por culpa de una norteamericana y de mi amor holandés, que casi me ahogó en un abrazo demasiado apretado.

El café ahora se queda frío y escribo esto mientras mi libro de antropología, abierto delante de mí, me observa expectante.

Estoy en casa.

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