Mancharse las manos

El otro día salía del climbing hall, ese pequeño cubículo de techo alto, sudor y alegría que está haciendo que mis brazos se llenen de pequeños bultos -músculos, que lo llaman- y restregaba mis manos cubiertas de polvo de magnesio contra mis pantalones, intentando limpiar el exceso de mineral que reseca mi piel y ayuda a que no me resbale mientras me subo por las paredes, literalmente. Así, casi sin darme cuenta, me fijé en mis manos, que estaban grises, teñidas por el blanco del polvo y el negro de la tinta que habíamos usado por la mañana en clase de arte, y me di cuenta de que, últimamente, me paso la vida con las manos manchadas.

Manchadas de café, de tinta, de carboncillo o de magnesio. Manchadas de barro, del verdín del césped, de las cenizas que se forman cuando quemo algo en el laboratorio de química. Manos sucias y arañadas, algo descuidadas, con las uñas sin recortar y llenas de barro, del pigmento de las acuarelas, de restos de jugo de fruta.

Me mancho las manos haciendo lo que me gusta y ojalá mis manos pasasen más tiempo sucias.

Espero que hoy, en algún momento del día, tus manos acaben de tantos colores que no los puedas nombrar.

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