München

No me parece que hayan pasado meses desde la última vez que me senté en estas butacas del aeropuerto de Munich. El cielo está completamente nublado y ni siquiera puedo ver a los aviones despegar. El tiempo pasa, pero lo hace lentamente, muy lentamente, tan despacio que quizá sería mejor pararlo por completo.

Siempre he tenido una fascinación extraña por los aeropuertos. Me fascinan su orden, su trajín, el ruido de las ruedas de las maletas arrastradas por el suelo. El aspecto aséptico que buscan alcanzar en los aeropuertos modernos, el error garrafal de poner butacas tapizadas con terciopelo verde que apestan de lejos. Me enseñé a mí misma a apreciar el ruido infernal del motor del avión, a dibujar la parábola que traza en el cielo, a ganar la paciencia necesaria para que las horas muertas pasen y a pasarlas de una forma rápida, indolora.

Estoy harta de los aeropuertos.

Estoy cansada de su trajín perezoso, del ruido de la gente al caminar, de la ausencia de conversaciones y alegría que debería acompañar a los viajes. Supongo que tiene sentido, porque en los últimos tres años la mayoría de las horas que he pasado en aeropuertos eran horas para ir de casa a casa, intercambiar familias reales por todas esas ficticias que tengo alrededor.

El problema no son los aeropuertos, sino la concepción que han ido tomando.

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