Sobre vergüenza, separación de poderes y mordazas

A principio de semana, indignada tras leer un artículo en el blog de Público, me senté delante de esta pantalla dispuesta a desarrollar una columna aguda y cortante contra la situación agubernamental que se está viviendo en España.

(Defino como agubernamental aquello que carece de gobierno y atribuyo semejante adjetivo a este circo dirigido por uno de los payasos más patéticos que han pisado el congreso porque no se me ocurre mejor forma de describirlo).

Vergüenza. Dejé mi borrador a medias mientras corría a clase de Antropología y lo retomé un día después, aún más molesta porque de entre todos los personajes, las instituciones y las multinacionales contra las que EL PAÍS -diario de referencia no solo en España sino también en el conjunto de América Latina- podría ensañarse, no había tenido nada de mayor prioridad que la de atacar la profesión de la mayoría de individuos que conforman el mayor temor de este gobierno agubernamental: profesores de universidad. Decidí entonces hablar de los datos que se dan cuando se habla de chavismo, de la necesidad acuciante de un cambio de sistema, de mi deseo de formar parte de ese cambio, pero antes de haber podido terminar de escribir mis primeras cien palabras me tropecé con un filósofo francés que, dicen, asesinaron con menos cuidado del que hace falta para robar al fisco.

Aquí no dejan a una ni criticar al sistema en paz. Qué vergüenza.

Sin embargo, e incluso con semejante acumulación de datos y artículos amontonados, subrayados y analizados en la pantalla de mi ordenador, qué vergüenza, no conseguí que mi indignación rayase el límite insostenible en el que la única respuesta que parece coherente es la escritura -compañera de escapadas y escapista por sí misma-. Una vez más me aparté del teclado y seguí con mi existencia insubstancial de estudiante. Ay, vergüenza, vergüenza, vergüenza.

Y silencio.

Ilusa de mí, debería haber asumido que una semana tan cargada de princesas del confeti, infantas cubiertas de mierda y filósofos franceses no podría acabar bien. Que algo así tenía que pasar, que cuando se empieza a correr cuesta abajo no se para, que la gravedad tira demasiado. Ilusa de mí, no quise pensar, no quise hacer, no pude razonar.

La indignación no había llegado a hervir en mi sangre y yo callé y respondí con silencio, que es lo mismo que indiferencia, que corta más que el cristal de un espejo, pero corta en un sólo sentido y siempre -siempre- con el mismo resultado: ninguno.

Ahora queda agradecer a quien no calló.

(¿Soy la única a la que le llaman la atención la cantidad de asientos vacíos en el hemiciclo?)

Pregunto y me preguntan sobre culpabilidad, sobre deseo de cambio, sobre deber nacional, y me quedo a medias entre la lógica de lo que leo y aquello en lo que creo y soy incapaz de discernir verdad de mentira, embustes de prensa amarilla y realidades demasiado extravagantes como para no parecer producto de la imaginación de algún loco con delirios de grandeza.

¿Cómo voy a querer volver? ¿Cómo no voy a hacerlo?

Me siento engañada, me siento decepcionada.

Por encima de todo, me siento avergonzada.

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