Epílogo

Escrito en la primera hoja de un cuaderno comprado en Sarajevo, sentada en el mismo taburete que me deja presionar el pedal de la máquina de coser con mi pie izquierdo.

27 de febrero 2014

Sarajevo (Goldfish)

Las últimas ideas para no dormir que terminan con una cerveza a media noche (o un trago de rakija)

#14: Los cuadernos nuevos huelen a historias que contar con palabras inventadas, y ese es el mismo olor que el olor a casa. Quizá porque “casa” huele a papel.

#15: El silencio que se crea entre las risas ahogadas y compartidas al entrar en un edificio en ruinas a las cinco de la mañana es el mejor sonido del mundo.

#16: El poder de las personas a la hora de crear “casa” es inefable.

#17: La felicidad que produce el saber que quedan mil otras casas a las que regresar es aún más difícil de explicar.

#18: Me gustaría ser capaz de dar abrazos en la distancia y que tuviesen el mismo efecto. Cierra los ojos…

#19: Los años pasarán y yo seguiré hecha de palabras, de tinta y de códigos binarios traducidos.

#20: El chocolate caliente es la mejor medicina que jamás ha existido. A veces me pregunto si pedirlo tan a menudo será una mala señal. Luego, recuerdo la W.

#21: Querer duele y el vacío de no querer es mil veces peor.

#22: Dormir es la mejor manera de perder el tiempo y la obligación más horrible de este mundo.

#23: Pensar en todas estas ideas para no dormir, irónicamente, me da sueño.

#24: Mostar es azul.

#25: Sarajevo es marrón.

El dieciocho, como el veinticinco, no es más que un número al que desobedecer.

Finalmente, suman veintisiete.

Introducción me parece un título más acertado.

Vivir

Pensaba, insomne y perdida entre la consciencia de la noche que me despierta y la duermevela en la que me sumo a partir de cierto momento, en todas esas cosas que nunca veré, que nunca veremos.

Pensaba en lo que nunca podré escribir, en lo que mis palabras no podrán contar, en lo que mi mente no podrá imaginar por mucho que se lo cuenten.

Saudade.

Me gusta la literatura porque me lleva a mundos demasiado desconocidos y demasiado inexactos, tan perdidos y tan apáticos como acogedores, amantes y conocedores de verdad. Me gustan las palabras que se deshacen en mi boca, las que me la llenan de sentido y las que pueden ser expulsadas con tal violencia que nada queda callado y el pecho se vacía, el aire no llena, todo queda en paz.

Pensaba insomne en qué me gustaba y entendí que me gusta vivir.

La comunicación a través de la escritura es una actividad solitaria y así debe serlo para poder sobrevivir.

Y tú, ¿qué quieres ser de mayor?

“Mujeres en la guerra. Jadranka, Maite, Heidi y sus palomas. Catherine Leroy con sus cámaras al hombro, discutiendo con un soldado israelí en Tiro. Carmen Romero, de Efe, mojada de nueve en el Intercontinental de Bucarest, buscando un teléfono para transmitir que había muchos muertos en las calles. Carmen Postigo ejecutando un baile sexy con Ulf, su cámara sueco, la Nochevieja de la caída de Ceaucescu. Aglae Masini cruzando Beirut, esquivando francotiradores, ciega por el gas de las bombas, para transmitir su crónica diaria por télex al diario Pueblo. Carmen Sarmiento contando en directo una emboscada, en Nicaragua.
Lola Infante en Yamena, mirando despavorida a Barles cuando éste le puso sobre la falda la clavícula de un esqueleto -tiro en la nuca, manos atadas con alambre devorado por los cocodrilos a orillas del río Chari.

Arianne conduciendo con chaleco antibalas y un cigarrillo en la boca mientras los francotiradores disparaban en la Sniper Avenue de Sarajevo y en la radio del coche Lou Reed cantaba Take a Walk on the Wilde Side.

Cristina Spengler en un Land Rover cubierto de polvo, entre campos de minas al sudoeste de Tinduf.

Slobodanka manchada de sangre, intentando cortarle la hemorragia a Paul Marchand. Oriana Fallaci contándole a Barles lo de su cáncer a bordo de un avión entre Dahran y Hafer Batin, una semana antes de la invasión de Kuwait. Peggy, la cámara de la CNN, con la mandíbula inferior destrozada por una bala explosiva y la lengua por corbata. María la Portuguesa durmiendo con las morenas tetas al aire. Corinne Dufka recortada a contraluz en las llamas del hotel Europa, con el cabello recogido en una trenza, los ceñidos tejanos y las Nikon colgadas del cuello, el día que Barles no pudo quedarse quieto y ella lo fotografió sacando niños en brazos.

Corinne y Barles se conocían desde El Salvador, y era la mujer mas valiente que él vio nunca en una guerra. Sus fotos de Bosnia daban la vuelta al mundo y eran portadas en Time, Paris Match y las grandes revistas internacionales. Había estado en Sarajevo meses y meses, entrado en Mostar a pie, por las montañas, y en el 92 saltó sobre una mina en Gomi Vakuf. Tardó un mes en recuperarse, y volvió de nuevo a la guerra, luciendo cicatrices aún frescas que se unían a las antiguas. Como dijo Gerva Sánchez al verla aparecer otra vez en el vestíbulo del Holiday Inn, hay mujeres que tienen un par de cojones.”

Arturo Pérez-Reverte, Territorio comanche

A quién querer, cómo querer

Busca el por qué y no entiende, no quiere entender.

Ayer me senté en la primera fila de la Spanish Room -que lo único que tiene de español es el gobierno que la subvencionó- y escuché durante una hora a una mujer holandesa que vive en Londres y habla con acento americano. La mujer en cuestión vino contarnos lo que sería nuestra vida si decidiésemos ir a una universidad que comienza en San Francisco y te arrastra por el resto del mundo. Pensé, durante el resto del día, como mi vida tan sencilla de niña de pueblo se ha convertido en una vida de locos que jamás me habría atrevido a imaginar.

La conversación se alargó, el escenario cambió de clase a cafetería, sorprendente costumbre local, y mi concentración cedió, dejando a mi futuro y a mi vida louca de segundo lado y centrándose en mi presente y mi alrededor. No pude evitar quedar fascinada con él, con las personas que me acompañaban, con Simon y sus ojos abiertos más y más a cada palabra, el cuerpo cada vez más reclinado sobre la mesa de centro y las manos grandes sujetando una taza de manera delicada; con el sonido de la risa de Mandula, que intentaba contener sus impulsos  exaltados a base de cerrar los ojos y temblar con cada carcajada ahogada, niña pequeña feliz y emocionada hundida a mi lado en un sofá de cuero oscuro; con Sofia, “magnética y adorable”, tan madre, tan hermana y tan amiga. Mi fascinación me ocupaba la mente y me llenaba de cariño por todas las personas que me rodeaban -fascinantes o no tanto-, y me hacía pensar en el tiempo que hemos tenido y el tiempo que nos queda.

“You could be my co-year, Marta” me dijeron y es cierto, podría. Pero con todas las posibilidades que tengo -que tenemos- sé que quizá vuelva a ver a mucha gente y que probablemente no vuelva a verles jamás. Me alegro de mi vida de nómada que no promete nada y tampoco espera demasiado, aunque me asusto cada vez pienso en todos los trozos de mí que voy dejando en cuerpos reclinados sobre mesas de centro, en carcajadas contenidas y en abrazos que acaban en el suelo. Pedazos que sé que no voy a recuperar y que me aterroriza no volver a ver. Quizá, se me ocurre, sea eso a lo que voy aprendiendo poco a poco.

A quién querer, cómo querer.

Me preocupa esta manera de banalizar mis propios sentimientos y, por otro lado, no podría comprender mejor mi búsqueda de seguridad y constancia. Me avergüenza la ligereza con la que hablo de mis pensamientos mientras intento alcanzar el equilibrio que me permita mantener mi salud mental. A quién querer, cómo quererles, y sin palabras lo he comprendido -quizá el lenguaje no me limite tanto como pienso- y así sé a quién necesito aquí, a quién necesito ahora y quién sé que será siempre.

Sé a quién quiero, no elijo cómo les quiero y no me importa. La distancia no destruye, la distancia crea de una forma completamente distinta.

Formarse en el conocimiento de la distancia crea relaciones únicas.