Summertime

Llevo más de una semana intentando escribir. Mis exámenes acabaron, mis obligaciones son mínimas. He enviado mis trabajos y aunque aún me quede mucho por hacer, estoy de vacaciones.

Llevo una semana intentando escribir. Escribir sobre historias de viaje, sobre amigos constantes, sobre fetos de cerdo desollados. Escribir sobre una ciudad con un río que tiene una temperatura de 9ºC constantes, una ciudad cruzada por un lazo azul turquesa. Las fotografías con filtros que se encuentran por internet no siempre engañan. Escribir sobre un puente, no uno otomano reconstruido por españoles, sino uno mucho más nuevo, con un mirador pequeño donde por las noches, de vuelta a casa tras una jarra de cerveza negra, me gusta pararme a respirar y escuchar el agua correr.

Llevo una semana intentando poner por escrito todo lo que pasaba por mi cabeza, o intentando evitarlo. Ni siquiera entiendo si quiero pensar. No sé cómo se pone por escrito la sensación que invade cuando se tiene conciencia de lo que vive alguien tan importante como esa persona a la que he acabado por considerar mi significant other. No sé cómo escribir sobre el sentimiento que produce dejar una nota de despedida encima de la cama de la persona con la que había estado bailando un par de horas antes. Me gustaría ser capaz de describir la mirada compartida entre dos amigas en el escenario. No soy capaz.

Llevo una semana intentando escribir sobre ciclos, sobre su naturaleza, sobre su lógica y su sentido. Y lo cierto es que por mucho que crea en todos ellos, no dejan de doler.

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Latinoamérica

Queridos,

Se me hace extraño escribiros en esta lengua mía y no vuestra. Supongo que es por ese origen tan extraño que tenemos que nos obliga a comunicarnos en inglés, que hace que seamos tan variopintos y que, a los ojos de muchos, pertenezcamos a todo menos a América Latina. No saben, no entienden. Tampoco quieren entender.

He crecido rodeada de gente, de personas entrando y saliendo de mi vida, de familias que distan mucho de estar unidas a mí por concordancias genéticas, familias de distinta sangre. Mis familias son tan distintas que casi nada me sorprende cuando hablo de ellas, cuando pienso en lo que nos une y en lo que nos diferencia. Nunca, jamás, se me había pasado por la cabeza la posibilidad de encontrar una familia (más), tan diferente y pequeña, tan incongruente, tan de locos y tan perfecta en un rincón tan apartado del resto del planeta.

No sé por qué tengo la sensación que, de haberlo hecho, mis expectativas no habrían llegado a acercarse a la realidad.

Vosotros, latinos míos, sois eso: una familia diferente y pequeña, incongruente y de locos, pero familia, al fin y al cabo, como cualquier otra. Las familias pelean, discuten, se tiran de los pelos y acaban hasta los cuernos. Nunca se ponen de acuerdo sobre qué hacer de comida, se quejan del olor a pies de los otros y quieren matarse cada vez que se toca la política del país. Aún con todo, siguen reuniéndose cada Navidad, se llaman por sus cumpleaños y se abrazan cuando se reúnen tras siglos sin verse.

Las familias, incluso las que no tienen relación sanguínea, no se eligen: están ahí. Va intrínseco en algún lugar de la conciencia. Conoces a las personas que la van a componer y ¡zas! familia. Sin más.

Esta semana ha sido nuestra. Bueno, nuestra y de esos capitalistas del norte, y de los amantes de la mantequilla que quedan más al norte aún. Y de la finlandesa. A pesar de ello, tengo que confesar que yo la voy a recordar siempre como la semana que compartí con vosotros más que con ellos, con mate y caras de asco, con Gael García Bernal (“he’s soooooo hot!”), golpes de estado fallidos y fiestas con música barata. La semana que me ha acercado más a América Latina en lo que llevo de vida. 

 

Sois una de mis familias, un refugio seguro. Una casa en forma de habitación con paredes decoradas, los secretos mejor guardados -casi siempre-, las risas que se cuelan entre tragos de cerveza. Amigos, confidentes. Couscous a la una de la mañana, tapioca en medio de una tarde de estrés, pão de queijo después de comer. Bailes que es mejor no recordar, risas que yo no quiero olvidar.

Me hace feliz teneros.

Los quiero,

Marta

¿Y si yo no fuera yo?

¿Y si yo no fuera yo?

Escucho a la gente por el pasillo y me pregunto seriamente qué sería de mi vida si hoy me hubiese gritado mi padre para que bajase de las alturas de mi felicidad entre peluches y almohadas a las siete de la mañana. Si hubiese saltado ese último escalón de mi litera, corriendo para vestirme y estar a las ocho en esa cárcel que solíamos llamar Guantánamo -por el naranja del uniforme de los presos, no por las torturas- terminando mis galletas y repasando para los exámenes de la primera evaluación que mis amigos están padeciendo.

Intento imaginar quién sería yo si mi inglés siguiese siendo desastroso y Katie una irlandesa perdida por Estados Unidos, completamente ajena a mí, estudiando teatro. ¿Estaría estudiando teatro? Quizá no habría decidido nunca dar ese paso. Quizá no hubiese salido de Greenville. Quizá.

Si yo no fuera yo. Si hablase de “dhe Gran Gatsby” como una película y no un libro, si no conociese a Scout ni fuese consciente de que leer es como respirar. De que necesito respirar para vivir. De que respirar es a lo que quiero dedicarme durante el resto de mi existencia.

Until I feared I would lose it, I never loved to read. One does not love breathing.

Si yo no fuera yo, nunca habría escuchado la voz de Cassius, ni habría conocido el valor de Calpurnia, ni el honor de Brutus.

For Brutus is an honourable man.

Y qué habría sido de mí sin ellos…

Pienso en mí de no haber empezado mi vida de cero en la estación de Nuevos Ministerios. Se borran, como en una película, todas las escenas del último año que bailan en mi cabeza. Se borran las risas, los abrazos, la impotencia, el cansancio, la felicidad. Se borran las carreras para llegar al tren, las horas soñando con un mundo mejor en el Aula 0 del instituto y el tiempo perdido intentando ver un ser inexacto a través del microscopio. Se borran los biólogos, mi trío calavera y los sindicalistas que regalan tazas de La Tuerka.

Me imagino sin mí, y supongo -porque la alternativa sería estar muerta- que todo ese espacio vacío se compensaría con más mañanas de galletas en un Volvo blanco, con recreos rodeados de niños vestidos de naranja, con una vida cuadriculada y dos años estudiando para Selectividad. Sonrío ante la idea de todo lo que habría tenido. Lloro al pensar en las personas que no habría conocido jamás.

Quizá mi vida sin mí no habría estado del todo mal, al final.

Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado.

Mi vida sin manifestaciones políticas, mi vida sin luchar, mi vida tranquila, de manual. Una vida adecuada a lo esperado, sin malgastar, sin perder, sin arriesgar. Soñando, pero soñando en bajo, no se vayan a despertar.

La peor de las actitudes es la indiferencia.

Pienso mucho en mi vida sin mí. En todo lo que sería yo si no fuese yo. Pienso en mis menciones de honor tras horas y horas -y más horas- detrás de un libro de texto, memorizando para repetir, repitiendo para no pensar, no pensando para encajar. Pienso en mis amigos con el mismo esquema repetido detrás de la oreja, murmullo constante.

Pienso en un puente que no habría visto nunca; en ciudades viejas que habrían quedado en la memoria de otros, pero no en la mía; en historia que se reservaría a unos apuntes rápidos cogiendo polvo en la estantería; en fotos inexistentes; en personas desconocidas.

Pienso en el hielo del coronel Aureliano, en las mujeres de la luz y en su casa llena de espíritus, en los los 451 grados a los que arde el papel, en el hecho de que Hessel sería un nombre desconocido y en Antígona. Pienso mucho en Antígona.

Comprender… siempre comprender. Yo no quiero comprender.

Y entre esas cavilaciones me despierto de mi ensoñación y miro el reloj, sorprendida. Vuelvo a mi vida, a la de verdad, no a esa en la que yo falto. La voz de Sibyl se cuela, retumba en mi cabeza y me dan ganas de sacar la recortada. La risa de Camila todavía resuena, igual que sus preguntas absurdas formuladas de mil formas distintas porque -pobriña- no puede evitar pensar en voz alta. Se escucha a los niños con los que compartimos escuela reír mientras bajan por las escaleras. Sonrío.

Esta noche tenemos sesión de reflexión. Hay quien dice que nadie sale indiferente, que a todos nos cambia de alguna manera.

Mientras siga siendo yo, me doy por satisfecha.

Rutina, Vol. 2

Escribía hace un par de semanas sobre mi vida, rutinaria sin llegar a serlo, en esta ciudad balcánica que me enamora cada día un poco más.

Hablaba del UWC day, de mis ganas de aprender y de mi persona cantando delante de muchas personas (vale, no tantas) con un micrófono que estaba muy alto.

Como decía, todo muy rutinario.

Otra semana de clases y de vuelta a las aventuras: Dubrovnik, Croacia, como nuevo destino.

Queríamos hacer autostop, muy común aquí, hasta la costa adriática, pero el grupo que inicialmente iba a ser de tres (Mandula, Eirik y yo) acabó degenerando en otro mucho más grande que incluía a Nadia, Simon, Bono y Paula. Y a pesar de que decidimos dividirnos, los únicos que llegaron a nuestro destino subidos en el coche de un desconocido y armados con navajas suizas y desodorante en spray (solo por si acaso) fueron Mandula, Eirik y Simon.

Y después de un viaje tranquilo escuchando a los Cranberries, Dubrovnik.

Dubrovnik fue siempre un sitio turístico. De cara al Adriático, el sol y la montaña atrajeron a turistas durante muchos años, alcanzando un pico en los noventa que la guerra hizo caer en picado tras el bombardeo a la ciudad, seguido de un asedio de seis meses.

El único contacto que había tenido con ella había sido desde el avión durante mi viaje, ya que aterricé allí. Del aeropuerto a Móstar la ciudad que vi fue… bueno, dejémoslo en que no fue.

Después de la guerra la ciudad fue reconstruida, particularmente el casco antiguo. Personalmente, la encontré demasiado nueva y falsa, casi como un parque temático, llena de piedras que pretendían dar aspecto viejo pero que brillaban demasiado como para poder tener más de diez años y repleta de turistas ruidosos y molestos; todo muy parecido a la ciudad vieja de Móstar. Por primera vez desde que llegué a los Balcanes, escuché a gente hablar castellano mientras paseaba y me asusté cuando reconocí a grupos de españoles sin necesidad de atender a sus palabras, simplemente por su tono de voz. Horroroso.

Así que nos escondimos  con nuestro horror en una cala donde nadamos y saltamos desde las rocas. Comimos los bocadillos que habíamos tomado prestados de la cantina y seguimos paseando. Un intento de hoguera que el noruego, acostumbrado a salir al campo, no conseguía mantener salvado por Paula (quién lo hubiera dicho…) Salchichas crudas, patatas que intentan asarse entre las ascuas, vino barato, risas. Y después, gente llamando a la policía, nosotros corriendo, recogiendo, aplastando las pocas patatas que se habían llegado a asar (nunca perdonaré a Simon por eso) y más risas, más vino, más sal en nuestra piel tras volver a bañarnos entre las rocas.

Volvimos a Móstar destrozados, habiendo dormido media hora tirados en un parque y otras tres en un autobús lleno de gente con policías recogiendo los pasaportes cada vez que cruzábamos una frontera… Por desgracia, mucho más a menudo de lo que había imaginado.

El lunes ninguno fue a clase, recuperando horas de sueño y curándonos de nuestros resfriados… But oh, so worth it.

¡Ah! ¿Y la mejor parte de todo esto? El viernes salgo para Viena.

¡Feliz Bajram!

La noche es más fría justo antes del amanecer

Escucho a Eric Clapton y no puedo evitar pensar en el mundo que he dejado atrás, en la comida que han decidido organizar mis biólogos para el primer día de clase en la que yo debería estar, en la cena previa a principio de curso de mi grupo de siempre o en la visita semanal a mis abuelos que estaría intentando cumplir con mucha más rigurosidad que el año pasado. Y mientras pienso todo esto, bebiendo una taza de té Chilli que Paula me ha vuelto a preparar porque sabe que me encanta, miro a mi alrededor y me cruzo con las fotos de molinos de Anna, escucho las palabras apresuradas de Katarina en serbio, me agarro a la poca ropa que me queda con olor a casa, a mi otra casa, a la casa que he dejado atrás y en la que no sé si volveré a vivir. Porque, al fin y al cabo, esta es ahora mi casa.

Y no podría ser de otra manera.

Salgo por las mañanas mirando el reloj con prisa mientras me como un par de galletas -por supuesto, no tengo tiempo como para hacer una parada en la cantina y llegar en hora- y  escucho a mis compañeros debatir durante las clases de la mañana. En mis bloques libres, que son mucho más habituales de lo que podría haber imaginado, me tomo un café y leo, o hago cualquiera de las cosas que se me pasan por la cabeza y que no parece que pueda encontrar un momento para dedicar y resolverlas. Como sentada en las escaleras de la cantina rodeada de gente que, como yo, sonríe al sol, todavía no ha empezado la temporada de lluvia, y vuelvo a clase, o me tumbo en el parque, o corro hacia la residencia para dormir un rato, aunque sólo sea media hora.

Me gusta hablar con las personas que me rodean aquí y que tienen la cabeza llena de ideas diferentes y mil formas completamente distintas de ver el mundo tan agridulce en el que vivimos. Disfruto de mis clases con grupos de menos de veinte personas, me río con los profesores y cuando termino cruzo el río de nuevo, de camino a Musala, con un trozo de pan grasiento entre los dedos, riéndome con Nadia, o con Bono, o quizá esta vez bajo sola y disfruto del sol en la cara y del ruido del agua.

La mejor parte es que cuando llego a casa (ya no hay duda alguna, esto es mi casa) me esperan mis compañeros, que se ríen en las escaleras de la residencia mientras comen higos, o Katarina y Anna, que compiten a ver quién ha procrastinado más y ha llegado más lejos en la lista de universidades (¡Anna ya va por la W!), o una sesión musical improvisada en el sótano, o Mandula con su nueva Polaroid, o Paula, que se sienta en mi cama y me cuenta cosas sin parar, hablando de todo y de nada.

Cuando llegue el viernes, quizá volvamos a tener una fiesta de cumpleaños en la playa, con hoguera y guitarras. Puede que volvamos a organizar un viaje a las montañas, bajemos veinte kilómetros del azul -azulísimo- Neretva en una balsa de plástico y que comamos pescado asado en una playa mientras nos bañamos en el agua helada y dejamos que la corriente nos vuelva a arrastrar. Quizá, simplemente, dejemos que pase el día en Mostar entre actividades sociales y canciones en idiomas que no había escuchado jamás (¿sabía alguien que la lengua Xhosa tiene clicks?) y me ría sobre las cuestiones más absurdas que me pueda plantear. No lo sé, y eso me llena de emoción y expectación, de ganas de seguir viviendo esta aventura que parece de mentira, que me hace feliz a cada momento.

Y así termino de escuchar a Eric Clapton, y pienso en mi casa, en las incomodidades que tiene, en el trabajo que cuesta mantenerla limpia y en lo poco que me apetece planchar. Y soy feliz. Soy tan, tan feliz.

A whole new world

Me maravilla la velocidad a la que pasa el tiempo en esta ciudad llena de cafés y panaderías, de personas gritando palabras inteligibles y mirándome mal cada vez que doy las gracias sin llegar a pronunciar del todo la palabra, de gente joven multicolor que sonríe por las aceras.

Ya han pasado dos semanas que aquí que se sienten como dos meses, llenos de gente y emociones que me sobrepasan a cada minuto y que, por otro lado, no cambiaría por nada. Dos semanas en las que no ha habido tiempo para secarse las lágrimas antes de pagar la siguiente limonada recién hecha, el próximo café con otro extraño que en seguida dejará de serlo, o por lo menos no tanto. Dos semanas en las que la sucesión de días y noches se acompaña de cientos de “I’m exhausted” que sin embargo sobrellevamos siempre con tal de terminar una conversación, acabar el capítulo de un libro o simplemente aguantar hasta las doce para cantar cumpleaños feliz a otra cara exultante de felicidad.

Han sido dos semanas intensas (tanto que me he olvidado de escribir, o no he querido hacerlo, o cuando he querido me he dormido con el ordenador encendido). Dicen mis segundos años que ellos tuvieron una mala experiencia durante sus primeros días aquí, llenos de horas en las que no sabían qué hacer, dónde ir o con quién estar, y que por eso nos han tenido tan ocupados. Yo, personalmente, no sé cómo agradecerles que se preocupen tanto por nosotros durante todo el día, tanto en cosas tan tontas como enseñarnos a poner la lavadora como en otras más serias como ofrecer un hombro sobre el que llorar cuando las circunstancias nos sobrepasan. El cariño y la gratitud que puedo sentir hacia personas que hasta hace unos días eran completos desconocidos es indescriptible.

Hemos vivido dos semanas vacacionales, y aunque sé que estas vacaciones eran necesarias, que necesitaba(mos) un tiempo de transición que hiciese de éste un cambio un poco menos drástico, no puedo esperar a recuperar una rutina sobre la que vivir, por poco rutinaria que la vida aquí, en UWC Mostar, pueda llegar a ser.

Y con esta actitud he comenzado mi primera semana de colegio. El BI obliga a todos sus estudiantes a cursar seis asignaturas, tres a nivel superior y otras tres a nivel medio, todas de diferentes grupos del famoso hexágono y a elección del estudiante, según sus preferencias.

Afortunadamente, tenemos un mes para probar diferentes clases y decidir qué nos conviene más en base a cualquier criterio que podamos tener. De momento, lo único que tengo claro es que quiero sacrificar parte de mi vida social haciendo Química y Matemáticas a nivel superior. Lo demás está por ver… Al fin y al cabo, mis prioridades sitúan el Bachillerato allá por el final.

Es por eso –y considerando que yo he venido aquí a hablar de mi libro– que declaro, de ahora en adelante, este blog libre de cualquier información relativa a mi vida académica

Mi vida, aquí en Mostaza (:D) va mucho más allá.