Café vienés

La quinta parada de mi viaje Centro Europeo la hicimos en Viena, esa ciudad de calles anchas y limpias, setos recortados al milímetro y fachadas tan barrocas que resultan excesivas que me tiene, por algún motivo que no logro a comprender, completamente arrullada.

En esta parada, la tercera en menos de un año, quisimos ir a la ópera y nos la encontramos cerrada por vacaciones, Marina nos salvó de la catástrofe tras uno de mis mayores desastres culinarios y me despedí de mi anillo de forma definitiva. En contra de lo planeado, no hubo ningún río, ni puente, ni drama involucrado.

Quizá el motivo por el que disfrute tanto de ese rincón del mundo sea porque para mí se ha convertido en una suerte de refugio, una ciudad-salvoconducto donde todo pasa y nadie sabe, y yo paseo y escribo, me pierdo y me encuentro, disfruto del silencio y bebo café.

Fue el día seis de agosto -la fecha queda marcada en uno de esos cuadernos de anotar la vida- cuando escuché un violín. Temblaba en su silencio, con voz tímida, aguda, continua reverberación en medio de la calle agitada. Lo sostenía una muchacha demasiado joven como para saber nada pero con las canas propias de quien ya lo sabe todo, medias de colores y ojos cerrados, de pie junto al teclado que la acompañaba.

Yo he leído, y he leído de personas que son capaces de crear música con todo el cuerpo, como si forzasen a la música a trascender las ondas que la componen y convertirse en un ente extraño, irreverente, en el que nunca había creído. Ocurre que existe y que ella lo lograba, tranquilamente, mientras tocaba con las yemas de sus dedos, y con el arco que sujetaba, y con sus ojos cerrados y su sonrisa callada. Tocaba con el bamboleo de su torso, con un moño desecho sujetando su pelo, incluso con la mirada de su amiga, cómplice y silenciosa, admirada y admiradora.

Recuerdo mirar embobada, tropezar, sentarme en el suelo y sacar mi cuaderno -el de anotar la vida- para que aquél momento no se me olvidara.

Lo rompió, en menos de un instante, la burocracia.

La nostalgia de vivir en otro mundo

Creció entre historias relatadas y leídas, historias escritas e historias contadas. Como todos, probablemente, pero al mismo tiempo como ninguno.

Creció entre páginas y sellos, entre caligrafías y cuadernos, lápices y tinteros, con un miedo al agua solo comparable al terror al rasgado y un sudor febril que aparecía en la línea de su frente con el cabello cada vez que se hacía daño a sus bienes más preciados.

Se acompañó de tantas voces, tantas ideas y tantos pensamientos distintos que no entendía por qué el resto de las personas la señalaba con el dedo y se atrevía a cuestionar su compañía.

Conoció mil lugares distintos, muchos de ellos paralelos entre sí y se preguntó en demasiadas ocasiones si ella pertenecería a alguno de ellos o si, acaso, debería crear el suyo propio.

Tardó años en darse cuenta de que el mundo propio que soñaba con crear no era distinto de aquel que, poco a poco, letra a letra y borrón a borrón, ella misma había inventado.

La caída desde su inocente ignorancia fue larga, pero no se dio cuenta de lo cerca que estaba del suelo hasta que el choque se convirtió en inminente y la probabilidad de sobrevivir a él, mínima.

Tirada, rota y llena de heridas, miró al mundo en el que le había tocado vivir, ese del que no podría escapar más que entre palabras de tintas y, sobrepasada, decidió morir.

Pero sus deseos fueron en vano y tan solo consiguió acabar con la persona que creaba mundos repletos de historias, de papel y de tinta, llenos de voces e ideas, abarrotados por personas tan distintas como especiales.

Curó la nostalgia a base de olvido y así comenzó su rutina.

Time flies

Hoy hace doce días que mi verano de locura acabó y que terminé de sacar la ropa de mi última maleta.

(Vale, sí, la maleta sigue teniendo cosas por sacar…)

Han sido dos meses impresionantes, y no me podría haber imaginado una mejor compañía durante todo este tiempo, desde mi clase en Roma hasta mi hermana (por mucho que me pese decirlo, también la quiero, a veces, cuando no se pone muy pesada), pasando por mi increíble semana londinense, el campamento de orientación y mi título de buceadora (¡¡puedo sumergirme hasta dieciocho metros!!).

Ahora queda lo más duro: compras de último momento que nunca fallan; problemas burocráticos (bendito notario, ex alumno de UWC Atlantic, al que le estaré eternamente agradecido); conversaciones llenas de preguntas con mis dos segundos años, Mario y Carme; maletas y la parte más odiada y siempre temida: los abrazos de despedida.

Así que aprovecho este post para decir que fue bonito mientras duró, que lo disfruté como nunca y que no puedo esperar a llegar a Mostar y comenzar mi nueva vida allí.

Por último, dejo algunas fotos del verano (abuela, sé que te gustan) para dar un poco de color a esta entrada tan aburrida. Lo siento, es tarde, estoy cansada, y si sigo posponiendo esto nunca lo escribiré.

Buenas noches, mundo.

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Hannah Arendt, o no banalizar en el cine

Mi madre me ha llevado al cine desde que tengo uso de razón.

De pequeña me llevaba a ver los últimos estrenos de Disney, Dreamworks y las versiones cinematográficas de Doraemon, en las cuales yo hacía grandes esfuerzos por evitar que no se durmiese; cuando fui creciendo, comenzamos a ver comedias románticas de palomitas y coca-cola gigante, con perrito caliente incluido y guión constante, entre las que se iban colando algunas pequeñas obras más elaboradas, diferentes y complejas que yo no alcanzaba a comprender.

La primera vez que me llevó a un cine con una pantalla que podría haber cabido en el salón de mi casa (ocupando todo su ancho y altura, por supuesto), me decepcioné. No debió escuchar mis quejas, porque continuó intentándolo y me introdujo en el mundo de los subtítulos y las películas en chino mandarín, el de las historias con significado implícito y los actores que dicen todo con nada. El del cine de verdad, que lo suelen llamar.

Creo que en realidad, lo que más le debo agradecer es que me presentase los cines Renoir.

Me encantan esos lugares. Me gusta llegar y que la gente sea silenciosa hasta para pedir la entrada; que si pone que comenzará a las cuatro, los anuncios y trailers habrán terminado exactamente a las cuatro menos un minuto. Me gusta el olor a todo menos a palomitas, y que el único ruido que haya en los momentos mudos sea el respirar agitado de los demás espectadores. Me gusta ir sola y encontrarme con otras personas solas, sonreír hacia ellas con tranquilidad y salir y poder sentarme a pensar sobre lo que acabo de ver. Me gusta llorar sin que me juzguen, reír sin que me manden callar y que la pantalla no sea tan grande que me esté perdiendo detalles constantemente. Son rincones de felicidad.

El martes fuimos a ver Hannah Arendt, de Margaret Von Trotta, una crónica biográfica que retrata la vida de la filósofa (aunque ella insistía en que se la considerase como estudiosa de la política) durante uno de sus periodos más polémicos: el tiempo durante el cual redactó y publicó su crónica acerca del juicio de Adolf Eichmann, que pasaría a conocerse como Eichmann en Jerusalén, y en el que desarrolló la idea de la banalidad del mal.

Resulta estremecedora la idea de que los hombres puedan ser malos en sí mismos. Es por ello que las mayores atrocidades, desde aquellas en las que un hombre es el causante de la muerte de millones de personas hasta otras, de menor envergadura pero más terribles siquiera, en las que un padre asesina a sus dos hijos, son siempre atribuidas a actos de locura, de desenfreno, de emociones demasiado intensas como para ser dirigidas por la razón. Odio, locura o venganza parecen argumentos mucho más aceptables para un acto tan incomprensible como es el de matar.

Solemos considerarnos seres puramente racionales, capaces de distinguir lo incorrecto de lo correcto hasta el punto de poder juzgar a aquellos que no se pararon a reflexionar y tendemos a olvidar aquellos momentos, mucho más frecuentes de lo que podríamos desear, en los que la razón pasa a un segundo plano y dejamos de pensar. Puede ser la rutina quien en parte confunde nuestras propias ideas y hace que acabemos por ceder, sin siquiera haberlo permitido, a guiarnos por la simpleza de una vida acomodada y tranquila, con problemas propios de las comunidades pequeñas, egoísta, libre de dudas, de preguntas y de pensamiento, convirtiéndose en la culpable de nuestra mayor fuente de maldad.

Cedemos y nos olvidamos de quién somos o de qué vinimos a buscar, nos dejamos llevar y no dudamos al cometer atrocidades que sencillamente forman parte de nuestro día a día. El mal deja de ser tal ya que nosotros, supuestos seres pensantes, no hemos decidido llevar a cabo las acciones de las que nos acusan. Tampoco las hemos rechazado pero, al fin y al cabo, cumplimos con nuestro deber y escondemos la culpa. Sin dudar, exactamente igual que Eichmann.

Es eso, quizá, lo que más asusta: el hecho de Eichmann, igual que la gran mayoría de miembros de las SS, eran personas irrelevantes, incapaces de pensar. Asusta aceptar que las acciones cometidas no buscaron ser malas en sí, porque no buscaron ser y simplemente fueron, y que uno de los mayores crímenes contra la humanidad fue cometido por una panda de don nadies.

“The greatest evil in the world is the evil committed by nobodies.”

Coaños lindos, coaños grandes

Uno de los primeros términos de la jerga CMU que se graban a fuego en tus labios en cuanto recibes la llamada (y del que nadie se desprende por muchos años que pasen) es el de coaño.

Coaño (del latín co-annus):
1. Relación establecida entre personas de la misma generación de graduados, independientemente del país de procedencia o de destino.
 
 

Conocer a tus coaños es un trámite por el que todos pasamos durante el proceso de selección. Durante casi dos días, esas personas se convierten en tus mayores rivales y también en tu mayor apoyo, en los únicos que comprenden tus nervios y que sienten la tensión del momento tanto como tú.

Después, y si la tecnología del momento lo permite, tus coaños españoles son las personas con las que hablas casi diariamente para cagarte en la puta porque no te han mandado la información necesaria para solicitar tu visado, y como las cosas sigan así no te vas, es que no te vas, y cómo se atreven a gestionar tan terriblemente mal tu futuro. Y durante esos momentos de tensión, ellos están ahí, escuchando y cagándose en la puta exactamente igual. Comprenden como nadie.

Y luego, si la suerte te acompaña un poco más, los coaños de tu país, esas personas a las que muy probablemente no vuelvas a ver en dos años, alcanzan un nuevo estatus, otra definición completamente distinta:

Coaño (del latín, co-annus):
2. Familia.
 
Coaños!
2013 – 2015, de izquierda a derecha: Adrián (India), Miren (Hong Kong), María (EEUU), Jon (Singapur), Alejandro (EEUU), Pablo (Canadá), Lucía (Noruega), Iván (Gales), Marta (Móstar) y Lola (Singapur). Se ausenta Lucía (Italia).
Alumni: Isaac (Italia), Andrew (Gales), Pabliño (India) y Fernando (Hong Kong).
Haciendo la foto estaba Pablo (EEUU 05-07)

Y así, casi sin quererlo y de la manera más tonta posible, los coaños se convierten en personas fundamentales en tu vida.

Nosotros, la generación española de 2013-2015, tuvimos la suerte de poder conocernos y compartir un par de días en un campamento de orientación organizado por ACMU (Asociación de antiguos CMU), llegando en apenas horas a alcanzar la confianza, la comprensión y la capacidad de querernos propias de las familias más unidas.

A nuestra manera, de una forma peculiar, entendimos que necesitábamos abrazarnos (sí, abrazos, nunca darnos dos besos), sentarnos juntos, cogernos la mano y escuchar. Supimos confesar nuestros miedos de manera anónima y recuperarlos para quemarlos en una hoguera, como se queman las cosas viejas y se enfrentan las adversidades: con valor y buena cara; supimos reír hasta hacer que nos dolieran las costillas y hacer el ridículo como jamás hasta la fecha.

En dos días creamos un lazo inquebrantable, con algunas personas más que con otras, pero siempre real y sincero. Pudimos encontrar alguien en quien apoyarnos cuando las cosas vayan mal, alguien que estará pasando por lo mismo y que no juzgará, ni criticará, sino que sencillamente… va a estar.

Los coaños son personas únicas. Muchos de ellos han sufrido lo mismo, y nunca habían conocido a nadie que hubiera pasado por la misma circunstancia. Son distintos, y por eso siempre se han sentido desplazados, y es fundamental que se conozcan, que se entiendan, que se quieran.

Gracias por un fin de semana tan especial, os quiere,

Marta

UWCiM 13 – 15

Felicidad veraniega

Soy un ser simple. Al menos en lo que a encontrar la felicidad se refiere. Y el verano es algo así como la estación de la felicidad. ¿Por qué? Pues por muchos motivos, algunos de los cuales procedo a enumerar en el siguiente listado:

Las pequeñas grandes cosas que me hacen feliz durante los meses estivales:

1. El sol, depositando su beso suave sobre mi piel… Que hace calor, vamos.

2. Los boles de frosties con mucha leche y mucho nesquik cuando es muy tarde y todos duermen.

3. La música alta durante todo el día.

4. Poder tocar la guitarra alto, y acompañarlo de mi voz chirriante sin sentirme culpable.

5. Procrastinar tranquilamente y sin cargo de conciencia alguno.

6. Tumbarme con la gorda horas mientras nos da el sol sin hacer nada. Bueno, sí, rasquitas.

7. Leer.

8. Leer.

9. Leer.

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10. Despertarme por la mañana y poder tumbarme en la cama y soñar despierta un rato corto. O largo. O soñar dormida un poco más.

11. Nadar.

12. Las duchas frías que no te dejan helada, solo fresquita.

13. El helado de yogur con dulce de leche.

14. Quedarme despierta hasta tarde escuchando conciertos perdidos por internet.

15. Los ataques repentinos e irrefrenables que me obligan a escribir (mierda) cuando es tarde y no queda nadie despierto.

16. Skype-dates with my sister.

#YOLO

17. Las latas de coca-cola light en un vaso enorme llenas de hielo.

18. Siestas en el Retiro a la sombra.

19. Barbacoas y guitarras y voces desafinando a ritmo de Fito.

20. Subir al autobús y que esté el aire puesto, pero no demasiado frío.

21. Perderme por Madrid.

22. Salir a mojarme cada vez que llueve.

23. Mi pequeño rincón de felicidad y libros y soledad.

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Me encanta el verano B)