Pensamientos inconexos y sin segunda lectura, Vól. 1

Quizá debería empezar a tomarme a mí misma más en serio.

Aprender a valorarme, a quererme, a apreciar lo que soy y lo que hago.

Quizá debería intentar entender quién soy para lograrlo. Quizá debería buscarme un poco más a menudo, escapar de este ruido que me permite no pensar en mí y en el que tiendo a sumergirme con mayor facilidad de la que jamás habría imaginado. Quizá debería pararme, respirar, pensarlo.

Quizá ese haya sido mi mayor error en los últimos cuatro años.

Pienso en mis huidas y en mis despedidas, y probablemente suene absurdo pero quizá porque es absurdo, ahora mismo en mi cabeza la relación encaja.

En Macabea.

Quisiera saber que supe hacer las cosas de otra manera. Que llegué al momento de ponerle cara a mis miedos y así, mirándoles a los ojos, les hablé, les grité, me reí de ellos. Quisiera pensar que no me olvidé de la gente, de mi gente, ni de mi ciudad, ni de mi lengua. Que pude mirar hacia atrás y recordar, y no sentir que está todo olvidado. Quiero arañarme y que duela, y así parar sin que nada sangre, y sonreír.

Razón, raciocinio, razonamiento.

Para. Piensa.

Que nadie malinterprete, que nadie me quite todo lo bueno. Solo quiero que me devuelvan lo malo, lo que mi cerebro bloquea y deja fuera, apartado. Que vuelva y que el dolor suba y baje y lo note en cada vena, en cada arteria, que viaje por mi sangre. Cerrar los ojos, como hacía Alba, y que duela. Duele.

Quiero que duela. Porque el dolor es real y un pellizco despierta la conciencia en medio de un sueño.

Estoy aprendiendo a que duela. Es un proceso lento, lento porque cuesta, cuesta aprender a controlarlo, cuesta que no fluya imparable, cuesta que no me deje en peor estado que una panda de matones. Ojos amoratados.

Pienso en mis huidas sin despedidas, en mis despedidas a medias, y me sé; sé que no quiero hacerlo. Reprimirme cuesta menos. Duele menos. Pero dónde me dejo.

Me deja.

Me olvido. Me olvidas. Te olvidas. Nos olvidamos.

Así que canto, yo canto.

No olvidemos. Despidamos.

Advertisements

Volar

Un mes y veintitrés días son unas vacaciones más que razonables en las que descansar de este rincón virtual, de la existencia que me supone, del mundo al que me invita, y volver a escribir en ese código binario que es tan nuevo y, al mismo tiempo, me ha acompañado siempre.

Mi abuelo, un señor calvo y arrugado de anteojos grandes y papada vibrante, dice a menudo que para escribir es primordial tener algo que decir, y que sin ello no hay nada que hacer. Creo que Nabokov, siendo el individuo de nariz estirada que me imagino cuando releo el prefacio y la nota final de Lolita, estaría en tremendo desacuerdo, y desde mi ignorancia no me queda más remedio que ponerme del lado del genio reconocido en un arranque de adolescencia rebelada y pensar que no hace falta decir algo para hacer arte por el mero placer del arte mismo.

No es la naturaleza del arte el tema que me atañe en estos momentos.

Tampoco lo es el 23 de febrero del 81, aquel día (todavía no decido si fatídico o afortunado) en el que Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo aguantaron el tipo mientras las balas zumbaban a su alrededor en el hemiciclo del Congreso, en un gesto de políticos puros, de lealtad al presente y traición al pasado, un gesto histriónico y póstumo, un gesto fascinante. El tema ha ocupado mi mente durante la última semana, pero no quiero hacer de esta entrada una entrada política, un mero signo de posicionamiento, una llamada de atención a un público silencioso que no me interesa. Hoy, no.

Hoy no quiero hablar de monarquías ni de repúblicas, no quiero hablar del valor de nuestras decisiones ni de mi creencia en una realidad supeditada a una fuerza mayor incontrolable. No quiero hablar de América Latina ni de sus venas abiertas, no voy a hablar de pedirle nada a Dios ni de perderse conciertos de Perota Chingó.

No pretendo mencionar relatos porteños, ni a su autor. No quiero saber nada de Hemingway ni de Matute. Hoy dejaré a otro a todos esos antropólogos a los que debería haber leído en lo que llevo de vacaciones y que tengo, por el contrario, abandonados en la misma carpeta en la que los traje a Madrid.

Hoy dejo para otros museos cerrados, paseos por el Retiro y comidas llenas de vermú que emborrachan a una holandesa con más facilidad que la misma rakjia. Hoy no me apetece decir nada sobre lo que es bajar al sur y volver al norte; del silencio de intentar y no poder, un silencio denso e incómodo, lleno de lágrimas en los ojos y labios apretados, temblorosos.

Dejo de lado las presiones y el desconocimiento, el dolor del no saber, del querer y ver la realidad de un color tan negro que ni siquiera es opción querer poder. Hoy quiero olvidarme de bancos en banca rota, de despedidas inciertas, de conciertos indiferentes, de verdades a medias, de familias reencontradas que no pueden llegar a serlo, porque nunca se conocieron.

Hoy no quiero escribir de todo lo que intento ser y no soy, de todo lo que me gustaría entender que logro y no puedo. No tengo intención de que nadie me pregunte por un Quijote tristemente asustado, sorprendido, caído el mito idolatrado. Hoy, no.

No quiero hablar de mi mes y veintitrés días de silencio porque no han sido silenciosos, porque me ofende que lo hayan parecido, porque entiendo que no hay nadie más a quien culpar por el silencio, porque en dos días vuelo, porque el silencio, a veces, es un grito al vacío que nadie logra entender, porque no creo que tenga motivos por los que gritar, porque mañana es otro día y hoy, hace sol.

Así que, hoy, me siento sola en un sillón de esta ciudad invisible con música caribeña y fotografías de barreras de coral, intentando reflexionar sobre todo lo vivido, sobre todo lo evitado, sobre la necesidad de volver, el deseo de no marcharse nunca, la realidad de crecer, el miedo a lo inevitable y a lo desconocido (siempre a lo desconocido). Hoy cierro los ojos y me dispongo a soñar.

München

No me parece que hayan pasado meses desde la última vez que me senté en estas butacas del aeropuerto de Munich. El cielo está completamente nublado y ni siquiera puedo ver a los aviones despegar. El tiempo pasa, pero lo hace lentamente, muy lentamente, tan despacio que quizá sería mejor pararlo por completo.

Siempre he tenido una fascinación extraña por los aeropuertos. Me fascinan su orden, su trajín, el ruido de las ruedas de las maletas arrastradas por el suelo. El aspecto aséptico que buscan alcanzar en los aeropuertos modernos, el error garrafal de poner butacas tapizadas con terciopelo verde que apestan de lejos. Me enseñé a mí misma a apreciar el ruido infernal del motor del avión, a dibujar la parábola que traza en el cielo, a ganar la paciencia necesaria para que las horas muertas pasen y a pasarlas de una forma rápida, indolora.

Estoy harta de los aeropuertos.

Estoy cansada de su trajín perezoso, del ruido de la gente al caminar, de la ausencia de conversaciones y alegría que debería acompañar a los viajes. Supongo que tiene sentido, porque en los últimos tres años la mayoría de las horas que he pasado en aeropuertos eran horas para ir de casa a casa, intercambiar familias reales por todas esas ficticias que tengo alrededor.

El problema no son los aeropuertos, sino la concepción que han ido tomando.

Sobre porno, silencio y Arendt

Hay un tabú un tanto irracional sobre cualquier cosa relacionada con el sexo que lo oprime y lo esconde en el fondo del armario como un acto sucio y despreciable del que deberíamos avergonzarnos. Siempre he despreciado esta concepción sexual tan absurda e ilógica, tan llena de miedos, que destruye la belleza de una de las acciones más humanas, instintivas y puras que puedan existir.

Puro. Qué curioso que esa sea la palabra que venga a mi mente al pensar en ello. Qué extraño que la incongruencia no me obligue a borrarla. Me gusta.

La voz de Lucas todavía resuena desde el dintel de la puerta de mi cuarto. Pensaba en todo esto cuando bajé ayer a la sala común para hablar de porno.

“Martita, are you coming?”

Fui y hablamos de porno. Decidimos dejar de lado las cuestiones morales que acompañan a la industria de este tipo de cine y nos limitamos a la moralidad del porno en sí, a sus beneficios y a los problemas que acarrea. Apartamos incomodidades, las mujeres también se masturban, y continuamos con la discusión, con el intercambio de opiniones y de experiencias. Disfruté de la sensación de liberarme de los tabús a los que yo también me subyugo a diario, hablar resultó mucho más fácil al saber que nadie me iba a juzgar después.

Pero retrocedo en el tiempo, con la emoción de escribir sobre sexo me he olvidado que el título de este texto también lleva impreso silencio. Seré infantil.

Silencio es lo que decidieron que ocurriría hoy. Probablemente podrían haber encontrado un día peor para ponerlo en práctica, pero eso no hace este día más complicado a la hora de presionar mis labios cada vez que alguien me pregunta algo, cada vez que entro en clase, cada vez que pido un café.

DOS_2012_avery_sticker

Para mí, no es un día de silencio.

En contra de una de mis máximas, he decidido tomarlo a la ligera, callarme cuando me interesa, hablar con susurros, ocuparme de callar mi mente de pensamientos absurdos más que de mantener mis cuerdas vocales estáticas. Tiene algunas ventajas, permite mirar al mundo de una forma un tanto peculiar. Lo mejor, sin duda, ha sido disfrutar de una clase de antropología silenciosa, callada y, con todo, deliciosa.

Estudiamos el concepto de violencia a través de autores, de personas que pensaron en ella mucho antes de que ninguno de nosotros fuese siquiera un plan de futuro. Hoy, leíamos a Hannah Arendt.

Me enamoré de la filósofa alemana hace casi un año tras un cúmulo de casualidades que convirtieron la idea de no conocerla en un crimen casi tan aireado como la muerte de Santiago Nasar. Escuché hablar de ella en mi clase de filosofía, nos presentaron en una feria del libro, conversamos en medio de una sala llena de expectadores y decidí que sería uno de mis ejemplos en el mismo lugar en el que me siento ahora mismo.

Quizá podría haber pretendido que todas las casualidades que me llevaron hacia esta mujer no fueron más que accidentes, pero creo fervientemente en la relevancia de los momentos como acepciones de mi vida y obviar la presencia que esta fumadora ha tenido en mi mente en los últimos diez meses me parece ridículo.

Me emocioné cuando recibí uno de sus textos en clase. Disfruté con la lectura. Dejo una de las ideas que me parece más representativas a pie de página.

¿Cómo se relaciona ésto con el sexo?

“The distinction between violent and nonviolent action is that the former is exclusively bent upon the destruction of the old and the latter chiefly concerned with the establishment of something new.”

Reflexiones de un día feliz

Polce pasó, frente al mar, más adelante

Los días comienzan a las doce y aún así insistimos en no hablar de un día nuevo hasta que despiertas de mañana.

Mi día empezó con Simon saliendo de la habitación después de que le despertase y le hiciese moverse de mi regazo adormecido. Luego, soñé.

“I like randomness” dije, y lo dije con honestidad. No sé de cuántas maneras distintas podría haber sido este día. Me pregunto si alguna de ellas me habría conducido a esta playa de piedras blancas y mar transparente, a este cielo azul, al viento helado.

La humedad ha calado mi ropa y el aire me hiela los huesos. El sol, en contrapartida, los tuesta. Creo que una flor seca es menos delicada que este momento.

El italiano es un idioma increíblemente parecido al castellano. 40%, nos dicen. Con el portugués también nos entendemos, o eso creemos.

El pan dulzón y el regusto a atún todavía están en mi boca. La sal llena mi nariz. Las plantas de mis pies se han hecho de cartón.

El olfato es un sentido singular. Despierta a la memoria como ningún otro. Como dato curioso, hay pocas cosas más indescriptibles que los olores. En mi vida ya no hay casa. Sin embargo, la brisa trae olor a hogar.

“¿Por qué Polce? There’s nothing in Polce! Just, ¡nada!”

Pero no es cierto. O sí, pero no me doy cuenta. De cualquier forma, pasamos Polce de largo. Hay un bar con bandera española y un cartel enorme. Tortillas, lee.

No hay nada en Polce.

Las olas llegan y arrastran las piedras de la orilla, maraca a tempo lento.

Maraca, Macabea, Macondo, Manuscrito.

Supongo que se refieren a esto cuando hablan de un día perfecto. O casi perfecto. ¿Desde cuándo la perfección existe?

No quiero que acabe y sé que terminará. Que quede en la memoria, que se olvide, que no se repita, que vuelva a suceder.

¿Y si paramos el tiempo por un momento?