Mi camiseta de lycra (blanca)

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Mostar, 7 de mayo, 2015

Tengo una camiseta de lycra.

Es blanca y de tirantes finos, corte cuadrado y ajustado. En invierno, me la pongo debajo de mis jerseys y camisetas y me ayuda a que pase menos frío. En verano, la utilizo con mis faldas y con mis pantalones bombachos, y si refresca me pongo mi chaqueta de algodón gris y me encanta como queda. Es ponible y no abulta nada, así que es de las primeras cosas que meto en cualquier maleta. Una camiseta de lycra blanca.

Con esta camiseta de lycra blanca una pareja de extrañas me quiso hacer una foto la primera vez que estuve en Ámsterdam. Vino conmigo a Estados Unidos, donde se convirtió en gris sucio porque tuve algún que otro conflicto con la lavadora, y solo mi padre, de vuelta en España, supo hacer que recuperara su blancura. Me la he puesto sucia después de tres, cuatro, hasta cinco días. Con esta camiseta he corrido y he escalado, me han tirado a la piscina (¡sin que fuera de piel vuelta!) y he viajado.

He dejado de contar la cantidad de hombres que se han quedado embobados, mirándome a mí en mi camiseta de lycra blanca. No sé cuántos se han parado (in)discretamente. Una vez uno de ellos pensó que no entendía castellano y tuvo la necesidad de contarme todo lo que me haría, si nos entendiéramos (creo que sin camiseta, pero tampoco me hagan mucho caso). A otro le tuve que gritar para que dejara de masturbarse, una de mis muchas tardes en el parque. A más de uno le tuve que recordar que era menor de edad, sólo para escuchar doctrinas de comportamiento y normas de decencia. Já.

Tengo una camiseta de lycra y es blanca, ocupa poco espacio y me encanta. Está llena de recuerdos y me da igual que me sexualice.

Sé que el problema no es mío. Ni de mi camiseta de lycra

(blanca).

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Con flequillo o sin él

Cambiar el aspecto de este blog es como cortarme el pelo: una forma tonta de que un cambio de imagen haga que me sienta mejor acerca del mundo y de mis propósitos.

A ver cómo tengo el pelo mañana.

Slap!

Bofetadas largas, sucias, dolorosas, como estornudos en medio del autobús cargados de virus contagiosos y ministras bronceadas. Absurdas, incapaces, como todo en ese país del que vengo, del que nunca sé cómo sentirme, ni qué hacer.

Bofetadas confusas, insulsas, fuera de lugar, que no dicen nada, como el reclamo insistido por la independencia territorial, o el falso sentido democrático del que nos jactamos los demás, como si supiéramos, como si nosotros sí tuviésemos alguna legitimidad.

Bofetadas que no dicen nada y que lo dicen todo. El resultado de unas elecciones; los números sacados de una cuenta color carbón; las grandes entidades dando la espalda, negándose a actuar. Por qué deberían, si una bofetada no nos levanta, si ni con esas se logra reaccionar.

Bofetadas frías; secas; rápidas; pellizcos en la cara que no dejan marca, que según llegan, se marchan.

Un jarro de agua helada a medianoche, una llamada a racionalizar.

Quizá, esta vez, logremos despertar.

Another Comeback, Charles Bukowski

climbing back up out of the ooze, out of

the thick black tar.

rising up again, a modern

Lazarus.

you’re amazed at your good

fortune.

Somehow you’ve had more

than your share of second

chances.

hell, accept it.

what you have, you have.

you walk and look in the bathroom

mirror

at an idiot’s smile.

you know your luck,

some go down and never climb up.

something is being kind to you.

you turn from the mirror and walk into the

world.

you find a chair, sit down, light a cigar.

back from a thousand wars

you look out from an open door into the silent

night.

Sibelius plays on the radio.

nothing has been lost or destroyed.

you blow smoke into the night,

tug at your right

ear.

baby, right now, you’ve got it

all.

Un perro ha muerto

Mi perro ha muerto.

Lo enterré en el jardín
junto a una vieja máquina oxidada.

Allí, no más abajo,
ni más arriba,
se juntará conmigo alguna vez.
Ahora él ya se fue con su pelaje,
su mala educación, su nariz iría.
Y yo, materialista que no cree
en el celeste cielo prometido
para ningún humano,
para este perro o para todo perro
creo en el cielo, sí, creo en un cielo
donde yo no entraré, pero él me espera
ondulando su cola de abanico
para que yo al llegar tenga amistades.

Ay no diré la tristeza en la tierra
de no tenerlo más por compañero,
que para mí jamás fue un servidor.

Tuvo hacia mí la amistad de un erizo
que conservaba su soberanía,
la amistad de una estrella independienre
sin más intimidad que la precisa,
sin exageraciones:
no se trepaba sobre mi vestuario
llenándome de pelos o de sarna,
no se frotaba contra mi rodilla
como otros perros obsesos sexuales.
No, mi perro me miraba
dándome la atención que necesito,
la atención necesaria
para hacer comprender a un vanidoso
que siendo perro él,
con esos ojos, más puros que los míos,
perdía el tiempo, pero me miraba
con la mirada que me reservó
toda su dulce, su peluda vida,
su silenciosa vida,
cerca de mí, sin molestarme nunca,
y sin pedirme nada.

Ay cuántas veces quise tener cola
andando junto a él por las orillas
del mar, en el invierno de Isla Negra,
en la gran soledad: arriba el aire
traspasado de pájaros glaciales,
y mi perro brincando, hirsuto, lleno
de voltaje marino en movimiento:
mi perro vagabundo y olfatorio
enarbolando su cola dorada
frente a frente al Océano y su espuma.

Alegre, alegre, alegre
como los perros saben ser felices,
sin nada más, con el absolutismo
de la naturaleza descarada.

No hay adiós a mi perro que se ha muerco.
Y no hay ni hubo mentira entre nosotros.

Ya se fue y lo enterré, y eso era todo.

Pablo Neruda