Los Reyes

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Cultura hispánica for you.

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¿Y si yo no fuera yo?

¿Y si yo no fuera yo?

Escucho a la gente por el pasillo y me pregunto seriamente qué sería de mi vida si hoy me hubiese gritado mi padre para que bajase de las alturas de mi felicidad entre peluches y almohadas a las siete de la mañana. Si hubiese saltado ese último escalón de mi litera, corriendo para vestirme y estar a las ocho en esa cárcel que solíamos llamar Guantánamo -por el naranja del uniforme de los presos, no por las torturas- terminando mis galletas y repasando para los exámenes de la primera evaluación que mis amigos están padeciendo.

Intento imaginar quién sería yo si mi inglés siguiese siendo desastroso y Katie una irlandesa perdida por Estados Unidos, completamente ajena a mí, estudiando teatro. ¿Estaría estudiando teatro? Quizá no habría decidido nunca dar ese paso. Quizá no hubiese salido de Greenville. Quizá.

Si yo no fuera yo. Si hablase de “dhe Gran Gatsby” como una película y no un libro, si no conociese a Scout ni fuese consciente de que leer es como respirar. De que necesito respirar para vivir. De que respirar es a lo que quiero dedicarme durante el resto de mi existencia.

Until I feared I would lose it, I never loved to read. One does not love breathing.

Si yo no fuera yo, nunca habría escuchado la voz de Cassius, ni habría conocido el valor de Calpurnia, ni el honor de Brutus.

For Brutus is an honourable man.

Y qué habría sido de mí sin ellos…

Pienso en mí de no haber empezado mi vida de cero en la estación de Nuevos Ministerios. Se borran, como en una película, todas las escenas del último año que bailan en mi cabeza. Se borran las risas, los abrazos, la impotencia, el cansancio, la felicidad. Se borran las carreras para llegar al tren, las horas soñando con un mundo mejor en el Aula 0 del instituto y el tiempo perdido intentando ver un ser inexacto a través del microscopio. Se borran los biólogos, mi trío calavera y los sindicalistas que regalan tazas de La Tuerka.

Me imagino sin mí, y supongo -porque la alternativa sería estar muerta- que todo ese espacio vacío se compensaría con más mañanas de galletas en un Volvo blanco, con recreos rodeados de niños vestidos de naranja, con una vida cuadriculada y dos años estudiando para Selectividad. Sonrío ante la idea de todo lo que habría tenido. Lloro al pensar en las personas que no habría conocido jamás.

Quizá mi vida sin mí no habría estado del todo mal, al final.

Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado.

Mi vida sin manifestaciones políticas, mi vida sin luchar, mi vida tranquila, de manual. Una vida adecuada a lo esperado, sin malgastar, sin perder, sin arriesgar. Soñando, pero soñando en bajo, no se vayan a despertar.

La peor de las actitudes es la indiferencia.

Pienso mucho en mi vida sin mí. En todo lo que sería yo si no fuese yo. Pienso en mis menciones de honor tras horas y horas -y más horas- detrás de un libro de texto, memorizando para repetir, repitiendo para no pensar, no pensando para encajar. Pienso en mis amigos con el mismo esquema repetido detrás de la oreja, murmullo constante.

Pienso en un puente que no habría visto nunca; en ciudades viejas que habrían quedado en la memoria de otros, pero no en la mía; en historia que se reservaría a unos apuntes rápidos cogiendo polvo en la estantería; en fotos inexistentes; en personas desconocidas.

Pienso en el hielo del coronel Aureliano, en las mujeres de la luz y en su casa llena de espíritus, en los los 451 grados a los que arde el papel, en el hecho de que Hessel sería un nombre desconocido y en Antígona. Pienso mucho en Antígona.

Comprender… siempre comprender. Yo no quiero comprender.

Y entre esas cavilaciones me despierto de mi ensoñación y miro el reloj, sorprendida. Vuelvo a mi vida, a la de verdad, no a esa en la que yo falto. La voz de Sibyl se cuela, retumba en mi cabeza y me dan ganas de sacar la recortada. La risa de Camila todavía resuena, igual que sus preguntas absurdas formuladas de mil formas distintas porque -pobriña- no puede evitar pensar en voz alta. Se escucha a los niños con los que compartimos escuela reír mientras bajan por las escaleras. Sonrío.

Esta noche tenemos sesión de reflexión. Hay quien dice que nadie sale indiferente, que a todos nos cambia de alguna manera.

Mientras siga siendo yo, me doy por satisfecha.

El lector

Llevo tantos años leyendo tanto que hace mucho tiempo que perdí aquella cuenta que comencé con cuidado de todos los libros que iba devorando. Tampoco sé qué fue de mi libreta Esto es lo que he leído y me ha gustado, ni de mi booket list (un juego de palabras terrible, soy consciente), ni de mi documento de word, escrito con tipografía Comic Sans, donde iba anotando diferentes títulos, primero con resumen de la obra, luego solo con mi opinión al lado, los últimos con apenas un emoticón que concentraba en dos carácteres que el libro fue bonito ( 🙂 ), divertido ( 😀 ) o una puta mierda ( D: ).

El otro día terminé de leer El lector, de Bernhard Schlink. Valiente decisión la mía de leerlo. Bueno, valiente decisión de mi profesora de Literatura al elegirlo. Detalles excéntricos aparte, he decidido que, por qué no, voy a comenzar a apuntar (otra vez) lo que leo, por qué lo leo y por qué me gustó (o no, D:).

He llegado a un punto en el que cualquier novela cuyo resumen incluya la palabra nazi me tira para atrás como un resorte automático. Y mira que yo lo intento, busco cosas nuevas, sigo dando oportunidades a los cuentos sobre niños judíos y niños alemanes, y niños judíos jugando con niños alemanes y niñas alemanas enamorándose de niños judíos (al revés, por algún curioso motivo, no suele pasar), pero no hay manera. Vamos, que leer El lector (valga la redundancia) me daba más pereza que salir a correr por mi pueblo, que ya es decir.

Sin embargo, como buena estudiante BI, decidí cumplir con mi deber y no buscar un resumen por internet (no, no, de verdad que yo nunca, jamás, hago eso) y, ¡oh! ¡Cuán grata fue mi sorpresa al descubrir que Schlink apenas había dedicado espacio a los nazis en su novela!

Sorprendentemente cercana al estar narrada en primera persona, El lector cuenta una historia de amor, culpabilidad, comprensión y perdón como pocas que conozca (debo haber leído taaaaaanto que apenas quedan cosas que me sorprendan… cualquier día me cuelgan) Quite enjoyable, que dirían mis queridos americanos. Va, de ese tipo de libros que no te apetece dejar de leer.

Me gustó el estilo de la narración, estructurada en tres partes según el momento de la vida del protagonista y que, aun contada por una voz claramente adulta y madura, consiguió (aunque mi profesora de Literatura no está muy de acuerdo en esto) adaptarse al momento que relataba. Me explico: la voz que escuchaba cuando leía al narrador hablando de su experiencia a los quince años me parecía diferente que aquella que empleaba veinticinco años después, incluso cuando ambas eran realmente la misma voz del hombre en su vejez contando la historia de su vida.

El lenguaje no es de una gran elaboración, y estoy convencida de que pierde muchísimo con la traducción, pero esa es una de las desventajas de no ser políglota y, muy a mi pesar, tendré que vivir con ello. Aunque lo mismo me pongo a aprender alemán, que ya va siendo hora de hacer algo productivo!

Algo malo: la transición que el autor realiza entre una parte y otra. No soy capaz de encontrar otra manera mejor de hacerlo, pero la elegida me resulta insulsa e incluso infantil. Tal y como lo leí, las tres páginas que ocupaba el capítulo de transición entre parte y parte me sonaron a “…y entonces un drama terrible ocurrió. Viví amargado muchos años. Volví a verla. [inserte aquí la continuación de su historia muchos años después]”. No sé si me explico.

Y bueno, para no extenderme mucho (más), termino con lo que más he disfrutado: no se da respuesta al conflicto principal que se plantea al protagonista (que, por cierto, se llama Michael) : cómo comprender, juzgar y perdonar a una persona al mismo tiempo. Fácil, ¿verdad?

Kate Winslet y David Kross en la versión cinematográfica del libro, en una de sus escenas más íntimas y eróticas (¿o solo es por lo mucho que me gustan los libros?)
Kate Winslet y David Kross en una de las escenas más íntimas y eróticas (¿o solo me lo parece por lo mucho que me gustan los libros?) que tiene la adaptación cinematográfica de la novela.