La noche es más fría justo antes del amanecer

Escucho a Eric Clapton y no puedo evitar pensar en el mundo que he dejado atrás, en la comida que han decidido organizar mis biólogos para el primer día de clase en la que yo debería estar, en la cena previa a principio de curso de mi grupo de siempre o en la visita semanal a mis abuelos que estaría intentando cumplir con mucha más rigurosidad que el año pasado. Y mientras pienso todo esto, bebiendo una taza de té Chilli que Paula me ha vuelto a preparar porque sabe que me encanta, miro a mi alrededor y me cruzo con las fotos de molinos de Anna, escucho las palabras apresuradas de Katarina en serbio, me agarro a la poca ropa que me queda con olor a casa, a mi otra casa, a la casa que he dejado atrás y en la que no sé si volveré a vivir. Porque, al fin y al cabo, esta es ahora mi casa.

Y no podría ser de otra manera.

Salgo por las mañanas mirando el reloj con prisa mientras me como un par de galletas -por supuesto, no tengo tiempo como para hacer una parada en la cantina y llegar en hora- y  escucho a mis compañeros debatir durante las clases de la mañana. En mis bloques libres, que son mucho más habituales de lo que podría haber imaginado, me tomo un café y leo, o hago cualquiera de las cosas que se me pasan por la cabeza y que no parece que pueda encontrar un momento para dedicar y resolverlas. Como sentada en las escaleras de la cantina rodeada de gente que, como yo, sonríe al sol, todavía no ha empezado la temporada de lluvia, y vuelvo a clase, o me tumbo en el parque, o corro hacia la residencia para dormir un rato, aunque sólo sea media hora.

Me gusta hablar con las personas que me rodean aquí y que tienen la cabeza llena de ideas diferentes y mil formas completamente distintas de ver el mundo tan agridulce en el que vivimos. Disfruto de mis clases con grupos de menos de veinte personas, me río con los profesores y cuando termino cruzo el río de nuevo, de camino a Musala, con un trozo de pan grasiento entre los dedos, riéndome con Nadia, o con Bono, o quizá esta vez bajo sola y disfruto del sol en la cara y del ruido del agua.

La mejor parte es que cuando llego a casa (ya no hay duda alguna, esto es mi casa) me esperan mis compañeros, que se ríen en las escaleras de la residencia mientras comen higos, o Katarina y Anna, que compiten a ver quién ha procrastinado más y ha llegado más lejos en la lista de universidades (¡Anna ya va por la W!), o una sesión musical improvisada en el sótano, o Mandula con su nueva Polaroid, o Paula, que se sienta en mi cama y me cuenta cosas sin parar, hablando de todo y de nada.

Cuando llegue el viernes, quizá volvamos a tener una fiesta de cumpleaños en la playa, con hoguera y guitarras. Puede que volvamos a organizar un viaje a las montañas, bajemos veinte kilómetros del azul -azulísimo- Neretva en una balsa de plástico y que comamos pescado asado en una playa mientras nos bañamos en el agua helada y dejamos que la corriente nos vuelva a arrastrar. Quizá, simplemente, dejemos que pase el día en Mostar entre actividades sociales y canciones en idiomas que no había escuchado jamás (¿sabía alguien que la lengua Xhosa tiene clicks?) y me ría sobre las cuestiones más absurdas que me pueda plantear. No lo sé, y eso me llena de emoción y expectación, de ganas de seguir viviendo esta aventura que parece de mentira, que me hace feliz a cada momento.

Y así termino de escuchar a Eric Clapton, y pienso en mi casa, en las incomodidades que tiene, en el trabajo que cuesta mantenerla limpia y en lo poco que me apetece planchar. Y soy feliz. Soy tan, tan feliz.

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Time flies

Hoy hace doce días que mi verano de locura acabó y que terminé de sacar la ropa de mi última maleta.

(Vale, sí, la maleta sigue teniendo cosas por sacar…)

Han sido dos meses impresionantes, y no me podría haber imaginado una mejor compañía durante todo este tiempo, desde mi clase en Roma hasta mi hermana (por mucho que me pese decirlo, también la quiero, a veces, cuando no se pone muy pesada), pasando por mi increíble semana londinense, el campamento de orientación y mi título de buceadora (¡¡puedo sumergirme hasta dieciocho metros!!).

Ahora queda lo más duro: compras de último momento que nunca fallan; problemas burocráticos (bendito notario, ex alumno de UWC Atlantic, al que le estaré eternamente agradecido); conversaciones llenas de preguntas con mis dos segundos años, Mario y Carme; maletas y la parte más odiada y siempre temida: los abrazos de despedida.

Así que aprovecho este post para decir que fue bonito mientras duró, que lo disfruté como nunca y que no puedo esperar a llegar a Mostar y comenzar mi nueva vida allí.

Por último, dejo algunas fotos del verano (abuela, sé que te gustan) para dar un poco de color a esta entrada tan aburrida. Lo siento, es tarde, estoy cansada, y si sigo posponiendo esto nunca lo escribiré.

Buenas noches, mundo.

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Locurano

La maleta está cerrada, las despedidas han tenido lugar, ha habido lágrimas, risas nerviosas, miradas con levantamiento de ceja *guiño, guiño, codazo, codazo* y…

*redoble de tambor*

¡ ¡ ¡ N O S   V A M O S   A   R O M A ! ! !

Y así doy comienzo a mi locurano (nótese la calidad del juego de palabras entre locura y verano) del que tenía pensado escribir el viernes cuando dio comienzo de manera oficial tras la presentación del (puto) Grupo 4… Pero me liaron y me quedé en la primera rotonda y para cuando llegué a casa ya como que no era momento, y hoy he ido a la Feria del Libro* y he llegado tarde y, y, y vamos, que me ha dado una pereza terrible. Y con lo tarde que es, dejaré lo de analizar mi locurano (con calendario, mamá, que te me pierdes) para la vuelta.

Ay, qué felicidad.

*- ¿Ha sido genial, Marta?

+ No, ha sido mejor.

– ¿Cómo otros años?

+ Aún más increíble… Estaban los mongoles, Alberto Garzón, Rosa Montero…

– Entonces te habrán firmado un montón de libros, ¿no?

+ PUES NO, PORQUE SOY RETRASADA Y NO MIRO QUIÉN VA Y NO LLEVO NI UN LIBRO ENCIMA.

Menudo drama.

(No sé en cuántos sitios habré puesto este enlace ya…)

A mis biólogos favoritos

Esta es a mis biólogos. A los futuros cardiocirujanos, neurólogos, psiquiatras y médicos militares. A los fisioterapeutas. A los que quieren ser profesores, pero todavía no lo tienen claro. A la antropóloga evolutiva (ésta en singular, que tan rara solo hay una). A los investigadores. A los letrasados que no sabíamos que lo éramos hasta que nos metimos en ciencias, y a los que se perdieron entre tantas ramas que ya no saben qué hacer. A ellos sobre todo…

(…por si alguien no se ha dado cuenta, sí, hablo de la clase, de mi clase, de la mejor clase…)

#1BY!!!
#1BY!!! Sin Silvia, nuestra chica Z, que estaba en el médico esa tarde.

 

Ha sido un año duro, y como no hay que estudiar ni nada, he decidido que este sería un buen momento para hacerles un homenaje muy sencillo, muy de letras, muy yo. Algo que quede para la posteridad, para que el día que no me acuerde de sus nombres, ni de sus caras, ni de por qué fueron tan importantes para mí, las palabras me llenen del mismo cariño que tengo hacia todos y cada uno de ellos.

Por favor, que el Alzheimer llegue tarde.

No sé cómo, ni cuándo, ni por qué comenzaron a ser una parte tan fundamental de mi vida (que también BIda, aunque esa sea mucho menos relevante). Quizá sea que sufrir diariamente a manos de la mujer más despiadada que haya pisado la faz de la Tierra une mucho. Quizá sea que en una clase tan, pero taaaan pequeña, veintiséis personas tienen que llevarse bien o morir… O matarse, que también es otra opción. O quizá simplemente coincidimos un grupo de gente dispuesto a aceptarse, independientemente de sus (muchas) diferencias, para que mantener el barco a flote resultase más fácil. Ocho horas diarias compartidas con gente que no te acepta no es nada agradable.

Francamente, no me importa el porqué. Creo que eso lo he aprendido con ellos, quizá a base de encontrarme con porqués demasiado complicados o por haber aceptado que es mucho mejor aprovechar el instante y encontrar la felicidad en él. Me han enseñado tanto sin saberlo, y me he reído tanto (con ellos y de ellos, y ellos de mí, espero). No sé si son conscientes de lo mucho que les debo, por todo su apoyo y su cariño, por sus abrazos (los colectivos han sido los mejores) y por la confianza.

Y ahora, aunque esto me cuesta más, paso a la segunda persona y os hablo directamente. De verdad, muchas gracias. Por aguantarme y por aceptarme; por compartir tantos debates, bromas y quejas; por sonreír en medio de un examen de matemáticas y por compartir las caras de estohasidoundesastremecagoenlaputa que siguen a los de física; por las plantas y por las canciones; por los mensajes a las mil respondiendo a dudas; las palmeras de la cantina y, sobre todo, por hacer un poco menos insoportables las clases de los viernes a última hora.*

Os voy a echar de menos horrores, pero nunca me voy a olvidar de lo grande que fue este año en tantos aspectos. Y eso os lo debo.

Os quiere en uno de sus momentos más expresivos de la historia universal,

Marta

*Esa última es la más importante.

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(Como podéis observar, mi galería fotográfica es… reducida)