Sobre porno, silencio y Arendt

Hay un tabú un tanto irracional sobre cualquier cosa relacionada con el sexo que lo oprime y lo esconde en el fondo del armario como un acto sucio y despreciable del que deberíamos avergonzarnos. Siempre he despreciado esta concepción sexual tan absurda e ilógica, tan llena de miedos, que destruye la belleza de una de las acciones más humanas, instintivas y puras que puedan existir.

Puro. Qué curioso que esa sea la palabra que venga a mi mente al pensar en ello. Qué extraño que la incongruencia no me obligue a borrarla. Me gusta.

La voz de Lucas todavía resuena desde el dintel de la puerta de mi cuarto. Pensaba en todo esto cuando bajé ayer a la sala común para hablar de porno.

“Martita, are you coming?”

Fui y hablamos de porno. Decidimos dejar de lado las cuestiones morales que acompañan a la industria de este tipo de cine y nos limitamos a la moralidad del porno en sí, a sus beneficios y a los problemas que acarrea. Apartamos incomodidades, las mujeres también se masturban, y continuamos con la discusión, con el intercambio de opiniones y de experiencias. Disfruté de la sensación de liberarme de los tabús a los que yo también me subyugo a diario, hablar resultó mucho más fácil al saber que nadie me iba a juzgar después.

Pero retrocedo en el tiempo, con la emoción de escribir sobre sexo me he olvidado que el título de este texto también lleva impreso silencio. Seré infantil.

Silencio es lo que decidieron que ocurriría hoy. Probablemente podrían haber encontrado un día peor para ponerlo en práctica, pero eso no hace este día más complicado a la hora de presionar mis labios cada vez que alguien me pregunta algo, cada vez que entro en clase, cada vez que pido un café.

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Para mí, no es un día de silencio.

En contra de una de mis máximas, he decidido tomarlo a la ligera, callarme cuando me interesa, hablar con susurros, ocuparme de callar mi mente de pensamientos absurdos más que de mantener mis cuerdas vocales estáticas. Tiene algunas ventajas, permite mirar al mundo de una forma un tanto peculiar. Lo mejor, sin duda, ha sido disfrutar de una clase de antropología silenciosa, callada y, con todo, deliciosa.

Estudiamos el concepto de violencia a través de autores, de personas que pensaron en ella mucho antes de que ninguno de nosotros fuese siquiera un plan de futuro. Hoy, leíamos a Hannah Arendt.

Me enamoré de la filósofa alemana hace casi un año tras un cúmulo de casualidades que convirtieron la idea de no conocerla en un crimen casi tan aireado como la muerte de Santiago Nasar. Escuché hablar de ella en mi clase de filosofía, nos presentaron en una feria del libro, conversamos en medio de una sala llena de expectadores y decidí que sería uno de mis ejemplos en el mismo lugar en el que me siento ahora mismo.

Quizá podría haber pretendido que todas las casualidades que me llevaron hacia esta mujer no fueron más que accidentes, pero creo fervientemente en la relevancia de los momentos como acepciones de mi vida y obviar la presencia que esta fumadora ha tenido en mi mente en los últimos diez meses me parece ridículo.

Me emocioné cuando recibí uno de sus textos en clase. Disfruté con la lectura. Dejo una de las ideas que me parece más representativas a pie de página.

¿Cómo se relaciona ésto con el sexo?

“The distinction between violent and nonviolent action is that the former is exclusively bent upon the destruction of the old and the latter chiefly concerned with the establishment of something new.”

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