Latinoamérica

Queridos,

Se me hace extraño escribiros en esta lengua mía y no vuestra. Supongo que es por ese origen tan extraño que tenemos que nos obliga a comunicarnos en inglés, que hace que seamos tan variopintos y que, a los ojos de muchos, pertenezcamos a todo menos a América Latina. No saben, no entienden. Tampoco quieren entender.

He crecido rodeada de gente, de personas entrando y saliendo de mi vida, de familias que distan mucho de estar unidas a mí por concordancias genéticas, familias de distinta sangre. Mis familias son tan distintas que casi nada me sorprende cuando hablo de ellas, cuando pienso en lo que nos une y en lo que nos diferencia. Nunca, jamás, se me había pasado por la cabeza la posibilidad de encontrar una familia (más), tan diferente y pequeña, tan incongruente, tan de locos y tan perfecta en un rincón tan apartado del resto del planeta.

No sé por qué tengo la sensación que, de haberlo hecho, mis expectativas no habrían llegado a acercarse a la realidad.

Vosotros, latinos míos, sois eso: una familia diferente y pequeña, incongruente y de locos, pero familia, al fin y al cabo, como cualquier otra. Las familias pelean, discuten, se tiran de los pelos y acaban hasta los cuernos. Nunca se ponen de acuerdo sobre qué hacer de comida, se quejan del olor a pies de los otros y quieren matarse cada vez que se toca la política del país. Aún con todo, siguen reuniéndose cada Navidad, se llaman por sus cumpleaños y se abrazan cuando se reúnen tras siglos sin verse.

Las familias, incluso las que no tienen relación sanguínea, no se eligen: están ahí. Va intrínseco en algún lugar de la conciencia. Conoces a las personas que la van a componer y ¡zas! familia. Sin más.

Esta semana ha sido nuestra. Bueno, nuestra y de esos capitalistas del norte, y de los amantes de la mantequilla que quedan más al norte aún. Y de la finlandesa. A pesar de ello, tengo que confesar que yo la voy a recordar siempre como la semana que compartí con vosotros más que con ellos, con mate y caras de asco, con Gael García Bernal (“he’s soooooo hot!”), golpes de estado fallidos y fiestas con música barata. La semana que me ha acercado más a América Latina en lo que llevo de vida. 

 

Sois una de mis familias, un refugio seguro. Una casa en forma de habitación con paredes decoradas, los secretos mejor guardados -casi siempre-, las risas que se cuelan entre tragos de cerveza. Amigos, confidentes. Couscous a la una de la mañana, tapioca en medio de una tarde de estrés, pão de queijo después de comer. Bailes que es mejor no recordar, risas que yo no quiero olvidar.

Me hace feliz teneros.

Los quiero,

Marta

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