Volar

Un mes y veintitrés días son unas vacaciones más que razonables en las que descansar de este rincón virtual, de la existencia que me supone, del mundo al que me invita, y volver a escribir en ese código binario que es tan nuevo y, al mismo tiempo, me ha acompañado siempre.

Mi abuelo, un señor calvo y arrugado de anteojos grandes y papada vibrante, dice a menudo que para escribir es primordial tener algo que decir, y que sin ello no hay nada que hacer. Creo que Nabokov, siendo el individuo de nariz estirada que me imagino cuando releo el prefacio y la nota final de Lolita, estaría en tremendo desacuerdo, y desde mi ignorancia no me queda más remedio que ponerme del lado del genio reconocido en un arranque de adolescencia rebelada y pensar que no hace falta decir algo para hacer arte por el mero placer del arte mismo.

No es la naturaleza del arte el tema que me atañe en estos momentos.

Tampoco lo es el 23 de febrero del 81, aquel día (todavía no decido si fatídico o afortunado) en el que Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo aguantaron el tipo mientras las balas zumbaban a su alrededor en el hemiciclo del Congreso, en un gesto de políticos puros, de lealtad al presente y traición al pasado, un gesto histriónico y póstumo, un gesto fascinante. El tema ha ocupado mi mente durante la última semana, pero no quiero hacer de esta entrada una entrada política, un mero signo de posicionamiento, una llamada de atención a un público silencioso que no me interesa. Hoy, no.

Hoy no quiero hablar de monarquías ni de repúblicas, no quiero hablar del valor de nuestras decisiones ni de mi creencia en una realidad supeditada a una fuerza mayor incontrolable. No quiero hablar de América Latina ni de sus venas abiertas, no voy a hablar de pedirle nada a Dios ni de perderse conciertos de Perota Chingó.

No pretendo mencionar relatos porteños, ni a su autor. No quiero saber nada de Hemingway ni de Matute. Hoy dejaré a otro a todos esos antropólogos a los que debería haber leído en lo que llevo de vacaciones y que tengo, por el contrario, abandonados en la misma carpeta en la que los traje a Madrid.

Hoy dejo para otros museos cerrados, paseos por el Retiro y comidas llenas de vermú que emborrachan a una holandesa con más facilidad que la misma rakjia. Hoy no me apetece decir nada sobre lo que es bajar al sur y volver al norte; del silencio de intentar y no poder, un silencio denso e incómodo, lleno de lágrimas en los ojos y labios apretados, temblorosos.

Dejo de lado las presiones y el desconocimiento, el dolor del no saber, del querer y ver la realidad de un color tan negro que ni siquiera es opción querer poder. Hoy quiero olvidarme de bancos en banca rota, de despedidas inciertas, de conciertos indiferentes, de verdades a medias, de familias reencontradas que no pueden llegar a serlo, porque nunca se conocieron.

Hoy no quiero escribir de todo lo que intento ser y no soy, de todo lo que me gustaría entender que logro y no puedo. No tengo intención de que nadie me pregunte por un Quijote tristemente asustado, sorprendido, caído el mito idolatrado. Hoy, no.

No quiero hablar de mi mes y veintitrés días de silencio porque no han sido silenciosos, porque me ofende que lo hayan parecido, porque entiendo que no hay nadie más a quien culpar por el silencio, porque en dos días vuelo, porque el silencio, a veces, es un grito al vacío que nadie logra entender, porque no creo que tenga motivos por los que gritar, porque mañana es otro día y hoy, hace sol.

Así que, hoy, me siento sola en un sillón de esta ciudad invisible con música caribeña y fotografías de barreras de coral, intentando reflexionar sobre todo lo vivido, sobre todo lo evitado, sobre la necesidad de volver, el deseo de no marcharse nunca, la realidad de crecer, el miedo a lo inevitable y a lo desconocido (siempre a lo desconocido). Hoy cierro los ojos y me dispongo a soñar.

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La nostalgia de vivir en otro mundo

Creció entre historias relatadas y leídas, historias escritas e historias contadas. Como todos, probablemente, pero al mismo tiempo como ninguno.

Creció entre páginas y sellos, entre caligrafías y cuadernos, lápices y tinteros, con un miedo al agua solo comparable al terror al rasgado y un sudor febril que aparecía en la línea de su frente con el cabello cada vez que se hacía daño a sus bienes más preciados.

Se acompañó de tantas voces, tantas ideas y tantos pensamientos distintos que no entendía por qué el resto de las personas la señalaba con el dedo y se atrevía a cuestionar su compañía.

Conoció mil lugares distintos, muchos de ellos paralelos entre sí y se preguntó en demasiadas ocasiones si ella pertenecería a alguno de ellos o si, acaso, debería crear el suyo propio.

Tardó años en darse cuenta de que el mundo propio que soñaba con crear no era distinto de aquel que, poco a poco, letra a letra y borrón a borrón, ella misma había inventado.

La caída desde su inocente ignorancia fue larga, pero no se dio cuenta de lo cerca que estaba del suelo hasta que el choque se convirtió en inminente y la probabilidad de sobrevivir a él, mínima.

Tirada, rota y llena de heridas, miró al mundo en el que le había tocado vivir, ese del que no podría escapar más que entre palabras de tintas y, sobrepasada, decidió morir.

Pero sus deseos fueron en vano y tan solo consiguió acabar con la persona que creaba mundos repletos de historias, de papel y de tinta, llenos de voces e ideas, abarrotados por personas tan distintas como especiales.

Curó la nostalgia a base de olvido y así comenzó su rutina.

Coaños lindos, coaños grandes

Uno de los primeros términos de la jerga CMU que se graban a fuego en tus labios en cuanto recibes la llamada (y del que nadie se desprende por muchos años que pasen) es el de coaño.

Coaño (del latín co-annus):
1. Relación establecida entre personas de la misma generación de graduados, independientemente del país de procedencia o de destino.
 
 

Conocer a tus coaños es un trámite por el que todos pasamos durante el proceso de selección. Durante casi dos días, esas personas se convierten en tus mayores rivales y también en tu mayor apoyo, en los únicos que comprenden tus nervios y que sienten la tensión del momento tanto como tú.

Después, y si la tecnología del momento lo permite, tus coaños españoles son las personas con las que hablas casi diariamente para cagarte en la puta porque no te han mandado la información necesaria para solicitar tu visado, y como las cosas sigan así no te vas, es que no te vas, y cómo se atreven a gestionar tan terriblemente mal tu futuro. Y durante esos momentos de tensión, ellos están ahí, escuchando y cagándose en la puta exactamente igual. Comprenden como nadie.

Y luego, si la suerte te acompaña un poco más, los coaños de tu país, esas personas a las que muy probablemente no vuelvas a ver en dos años, alcanzan un nuevo estatus, otra definición completamente distinta:

Coaño (del latín, co-annus):
2. Familia.
 
Coaños!
2013 – 2015, de izquierda a derecha: Adrián (India), Miren (Hong Kong), María (EEUU), Jon (Singapur), Alejandro (EEUU), Pablo (Canadá), Lucía (Noruega), Iván (Gales), Marta (Móstar) y Lola (Singapur). Se ausenta Lucía (Italia).
Alumni: Isaac (Italia), Andrew (Gales), Pabliño (India) y Fernando (Hong Kong).
Haciendo la foto estaba Pablo (EEUU 05-07)

Y así, casi sin quererlo y de la manera más tonta posible, los coaños se convierten en personas fundamentales en tu vida.

Nosotros, la generación española de 2013-2015, tuvimos la suerte de poder conocernos y compartir un par de días en un campamento de orientación organizado por ACMU (Asociación de antiguos CMU), llegando en apenas horas a alcanzar la confianza, la comprensión y la capacidad de querernos propias de las familias más unidas.

A nuestra manera, de una forma peculiar, entendimos que necesitábamos abrazarnos (sí, abrazos, nunca darnos dos besos), sentarnos juntos, cogernos la mano y escuchar. Supimos confesar nuestros miedos de manera anónima y recuperarlos para quemarlos en una hoguera, como se queman las cosas viejas y se enfrentan las adversidades: con valor y buena cara; supimos reír hasta hacer que nos dolieran las costillas y hacer el ridículo como jamás hasta la fecha.

En dos días creamos un lazo inquebrantable, con algunas personas más que con otras, pero siempre real y sincero. Pudimos encontrar alguien en quien apoyarnos cuando las cosas vayan mal, alguien que estará pasando por lo mismo y que no juzgará, ni criticará, sino que sencillamente… va a estar.

Los coaños son personas únicas. Muchos de ellos han sufrido lo mismo, y nunca habían conocido a nadie que hubiera pasado por la misma circunstancia. Son distintos, y por eso siempre se han sentido desplazados, y es fundamental que se conozcan, que se entiendan, que se quieran.

Gracias por un fin de semana tan especial, os quiere,

Marta

UWCiM 13 – 15

Felicidad veraniega

Soy un ser simple. Al menos en lo que a encontrar la felicidad se refiere. Y el verano es algo así como la estación de la felicidad. ¿Por qué? Pues por muchos motivos, algunos de los cuales procedo a enumerar en el siguiente listado:

Las pequeñas grandes cosas que me hacen feliz durante los meses estivales:

1. El sol, depositando su beso suave sobre mi piel… Que hace calor, vamos.

2. Los boles de frosties con mucha leche y mucho nesquik cuando es muy tarde y todos duermen.

3. La música alta durante todo el día.

4. Poder tocar la guitarra alto, y acompañarlo de mi voz chirriante sin sentirme culpable.

5. Procrastinar tranquilamente y sin cargo de conciencia alguno.

6. Tumbarme con la gorda horas mientras nos da el sol sin hacer nada. Bueno, sí, rasquitas.

7. Leer.

8. Leer.

9. Leer.

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10. Despertarme por la mañana y poder tumbarme en la cama y soñar despierta un rato corto. O largo. O soñar dormida un poco más.

11. Nadar.

12. Las duchas frías que no te dejan helada, solo fresquita.

13. El helado de yogur con dulce de leche.

14. Quedarme despierta hasta tarde escuchando conciertos perdidos por internet.

15. Los ataques repentinos e irrefrenables que me obligan a escribir (mierda) cuando es tarde y no queda nadie despierto.

16. Skype-dates with my sister.

#YOLO

17. Las latas de coca-cola light en un vaso enorme llenas de hielo.

18. Siestas en el Retiro a la sombra.

19. Barbacoas y guitarras y voces desafinando a ritmo de Fito.

20. Subir al autobús y que esté el aire puesto, pero no demasiado frío.

21. Perderme por Madrid.

22. Salir a mojarme cada vez que llueve.

23. Mi pequeño rincón de felicidad y libros y soledad.

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Me encanta el verano B)

Con lo bien que estás en Madrid…

UWCiM
UWCiM

Me preguntan a menudo por qué tuve esa inclinación tan irracional a la hora de elegir entre los doce maravillosos colegios que se reparten por todo el mundo en esta iniciativa que es CMU y de la que ahora formo parte. Muy pocas personas entienden sin preguntar algo que para mí resulta tan sencillo como esto…

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Esto…

O esto…

¿Mostar? Sí, Mostar. Sí, quiero irme a una ciudad que carece de las comodidades y ventajas que solo encontramos en nuestro primer mundo apoltronado. Sí, tenía otras oportunidades mucho más “civilizadas”, más perfectas, infinitamente más burbuja, pero a mí las burbujas me asfixian y su exotismo me cansa.

No pretendo que la gente me comprenda con esta decisión tan romántica e idealista, tan yo y tan poco el resto del mundo. Yo sé que voy a vivir dos de los mejores años de mi vida; que cada persona que conozca me enriquecerá de una manera distinta; que no, no tendré la oportunidad de viajar a un glaciar, ni de pasear por Delhi, ni de recorrer California, pero hay tantas otras opciones ante mí que no voy a echarlo de menos; y que voy a disfrutar y aprovechar cada instante, cada gesto, cada nuevo olor y cada imagen como la niña que se sorprendió hace años cuando vio trenes en una estación por primera vez, la misma que no fue capaz de dejar de admirar el soplado de Murano ni de cerrar la boca ante las ardillas que saltaban de árbol a árbol una mañana en la cocina de su casa en un pueblo perdido en el sur de Illinois.

Y sé que es muy probable que cada imagen, cada olor, cada sabor sea el último, y también sé que quedarán en mi memoria para siempre.

¿Preparada?

No podría ser de otra manera 🙂