Semanas después…

Cuando abrí este blog y publiqué mi primera entrada no sabía que iba a acabar perdida por los Balcanes. No sabía que encontraría un lugar donde escribir sobre mí parecería irrelevante y absurdo pudiendo escribir sobre los demás, ni que llegaría a lograr alcanzar, finalmente, una forma de equilibrio acompañada de vacío al aprender a aceptar que los hay que vienen y que van, que se quedan y que volverán.

Mi vida ya me parecía demasiado de mentira como para creerme que pudiese llegar a más. Abrí este rinconcito en la red (todo sea por los rinconcitos) por aburrimiento, por compartir con el silencio, por ser yo un poco fuera de mí, sin saber que esta esquina de códigos desconocidos se convertiría en una pieza fundamental del puzzle de mi vida. Parece mentira que me parezca una pieza fundamental con la atención que le presto a este rincón virtual, pero realmente es el único registro que tengo de que todo lo que estoy viviendo es real y no otra historia soñada una tarde mirando por la ventana de una cafetería perdida por Madrid.

Hace dos años que miré a unos números y la improbabilidad me echó atrás. Un poco menos hace desde que una extraña me convenció de que la improbabilidad no era un motivo para echarme atrás -dudo mucho que ella comprenda hasta qué punto le estoy agradecida y yo decidí soñar. Hace dos años soñé y un buen día se cumplió, con Cranberries o sin ellos. Qué vida más emocionante, me dijeron. Qué exagerado, pensé yo.

Qué cierto.

Es ridículo cómo la costumbre, lo habitual, hace que lo extraordinario deje de parecerlo y nos olvidemos de aquello que nos rodea.

Shame on me for sometimes forgetting how unique this is and taking it for granted.

Hoy, yo pienso en mi vida de mentira, en mi vida (ir)real, en una vida que suelo menospreciar sin sentido alguno. Sienta bien reflexionar. Sentarse a mirar desde la ventana de otra cafetería (muy lejos de Madrid) y pensar y agradecer y admirar.

Qué suerte que tengo.

Confusiones y continuaciones

La pared que ocupa la cabecera de mi cama está repleta de fotografías y recortes que ocupan cada esquina, llenándola de color y de calor, haciéndome sentir a gusto, en casa. Me pasé dos noches sin apenas dormir intentando cubrir cada recuadro en blanco, cada pedazo de gotelé que arañaba y aburría, agotada pero consciente de lo imprescindible que resultaría para mi salud mental.

Me encanta mirar mi pared.

Me gustan todas esas fotografías que han sobrevivido a los años y al olvido, fotografías que me muestran un yo del que tengo poca consciencia, una familia sempiterna, una manera de querer incomparable. Me gustan las imágenes de mis mundos paralelos, entre Madrid e Illinois, imágenes de un mundo anterior a Mostar; llenas de caras que están llenas de recuerdos; de días soleados y de tormenta. Me gusta saber que aunque muchas de esas caras no queden más que para eso -para el recuerdo- al menos no pertenecen al cajón de lo olvidado. No me supone problema alguno admitir su irrelevancia llegado este momento, por mucho que hayan significado. Por último quedan las fotografías más recientes, recuerdos del último año y de otro mundo más, de decenas de personas en mi mente, de poemas copiados y carteles con nombres de ciudades visitadas y por visitar. Mapas, luces de Navidad, postales, algún homenaje a Mafalda. Reproducciones de obras de arte. Cartas. Casas.

Son mis vidas, mis mundos, mis hogares, todos ellos puestos en una pared. No logro entender cómo he conseguido concentrar lo inconcentrable, reunir en un mismo lugar tantas facetas imposibles, hacer aquello de lo que soy completamente incapaz de cualquier otra manera, que es reunirme en un solo lugar con todo lo que me importa, al mismo tiempo.

 Es una verdad ficticia, desde luego, pero es una verdad.

Quizá ese haya sido el mayor reto de este nuevo comienzo con sabor a final, de un último primer día de colegio, de una realidad que debería haberme alcanzado hace un año y que prorrogué. Parece que, por mucho que me haya repetido que no hay necesidad de conciliar lo inconciliable, mi empeño no cesa e invito y traigo y llevo. Parece que lo inconciliable, al final, se concilia. Aunque sea en una pared.

Empezar de cero es difícil, pero no había sido hasta ahora que me había dado cuenta de lo complicado que es comenzar desde el punto medio; volver a un lugar que no es el mismo o seguir donde otros ya lo dejaron. Se fueron aquellos de la generación anterior, llegaron otros, nos quedamos nosotros, sonrientes, eufóricos, agotados. Es un círculo, algo que me resulta tan obvio y al tiempo tan anormal que me resulta imposible concebir adecuadamente la realidad. Me rodea una nueva generación de emociones e historias, de mentes cargadas de intención, de ganas de empezar, de crear, de ser. Es raro, es normal, me cansa, me encanta. Frente a mí queda lo que tenga que venir.

Y con esa idea miro hacia el futuro y no puedo esperar, pero no quiero que llegue, y me acuesto tan aterrada como me levanto, perdida entre montones de papeles que se resumen en documentos digitalizados, más y más códigos binarios, con sentidos indescriptibles, sin ningún principio, con un final demasiado nublado como para formar parte de mi vida, de mi yo perdido y asustado. Es un escalofrío agradable, una mezcla agridulce, una idea permanente en mi cabeza que me impide ser la yo de hace un año: ajena a mis estudios, al mundo real, únicamente dispuesta a vivir de un modo completamente nuevo. Acepto en silencio que con el ciclo llegan nuevas formas de ser, que el pensamiento no debe tomar asiento, y vuelvo a mirar al frente.

El sol sigue saliendo y volvemos al climbing hall. Mañana podremos hablar de género y sexo y vuelvo a ser capaz de deconstruir (o, mejor dicho, escuchar como otros deconstruyen) todas esas realidades sociales y culturales que nos rodean en medio de clase. Este río, esta ciudad, no pierde su magia, por mucho que mi perspectiva varíe, por mucho que yo cambie.

Y la gente, esa gente tan maravillosa, tan dispuesta y tan sorprendente,“I told you that we were missing on each other!”

Como mi pared, ellos crean mi casa.

Summertime

Llevo más de una semana intentando escribir. Mis exámenes acabaron, mis obligaciones son mínimas. He enviado mis trabajos y aunque aún me quede mucho por hacer, estoy de vacaciones.

Llevo una semana intentando escribir. Escribir sobre historias de viaje, sobre amigos constantes, sobre fetos de cerdo desollados. Escribir sobre una ciudad con un río que tiene una temperatura de 9ºC constantes, una ciudad cruzada por un lazo azul turquesa. Las fotografías con filtros que se encuentran por internet no siempre engañan. Escribir sobre un puente, no uno otomano reconstruido por españoles, sino uno mucho más nuevo, con un mirador pequeño donde por las noches, de vuelta a casa tras una jarra de cerveza negra, me gusta pararme a respirar y escuchar el agua correr.

Llevo una semana intentando poner por escrito todo lo que pasaba por mi cabeza, o intentando evitarlo. Ni siquiera entiendo si quiero pensar. No sé cómo se pone por escrito la sensación que invade cuando se tiene conciencia de lo que vive alguien tan importante como esa persona a la que he acabado por considerar mi significant other. No sé cómo escribir sobre el sentimiento que produce dejar una nota de despedida encima de la cama de la persona con la que había estado bailando un par de horas antes. Me gustaría ser capaz de describir la mirada compartida entre dos amigas en el escenario. No soy capaz.

Llevo una semana intentando escribir sobre ciclos, sobre su naturaleza, sobre su lógica y su sentido. Y lo cierto es que por mucho que crea en todos ellos, no dejan de doler.

Mancharse las manos

El otro día salía del climbing hall, ese pequeño cubículo de techo alto, sudor y alegría que está haciendo que mis brazos se llenen de pequeños bultos -músculos, que lo llaman- y restregaba mis manos cubiertas de polvo de magnesio contra mis pantalones, intentando limpiar el exceso de mineral que reseca mi piel y ayuda a que no me resbale mientras me subo por las paredes, literalmente. Así, casi sin darme cuenta, me fijé en mis manos, que estaban grises, teñidas por el blanco del polvo y el negro de la tinta que habíamos usado por la mañana en clase de arte, y me di cuenta de que, últimamente, me paso la vida con las manos manchadas.

Manchadas de café, de tinta, de carboncillo o de magnesio. Manchadas de barro, del verdín del césped, de las cenizas que se forman cuando quemo algo en el laboratorio de química. Manos sucias y arañadas, algo descuidadas, con las uñas sin recortar y llenas de barro, del pigmento de las acuarelas, de restos de jugo de fruta.

Me mancho las manos haciendo lo que me gusta y ojalá mis manos pasasen más tiempo sucias.

Espero que hoy, en algún momento del día, tus manos acaben de tantos colores que no los puedas nombrar.

Escribir, ¿qué escribir?

Vacíos mentales que ocupan mi vida, la invaden, la ahogan en la rutina.

Escribo desde que tengo conciencia; creé conciencia porque escribí.

Escribir, ¿qué escribir?

Escribir sobre una princesa, sobre seres solitarios, sobre miradas y sobre besos, sobre viajeros. Sobre Ella.

Escribir, ¿de qué escribir?

Escribir de dolor, de felicidad, de sufrimiento, de horror. Escribir de odio y de amor. ¿De qué clase de amor?

Escribir.

Escribí sobre escribir hace casi tres años. Lo acabo de encontrar.

Hay gente que escribe con ayuda de otros. Escritores que son capaces de compenetrar sus mentes hasta el punto de imaginar los mismos entornos para un personaje, las mismas amistades, conflictos y soluciones. Ponerse de acuerdo y escribirlo, describirlo y realizarlo en todas sus facetas y cualidades. Parece una estupidez, pero es algo que siempre me ha impresionado.
Cada escritor interpreta el uso que le da a las palabras de manera única; suya y de nadie más. No sé qué opinarán ustedes, pero para mí, escribir es algo íntimo, tan íntimo como puede parecerme darme un baño, algo que debo hacer en la soledad de mis pensamientos, en los momentos en los que estoy conmigo y en paz. Cuando me decido a escribir sobre algo, o sobre alguien, hay mil historias que cruzan por mi mente. Mil entornos, mil ambientes, mil conflictos y soluciones. Voy tomando una idea de allí y otra de allá, introduciendo cosas nuevas y borrando algunas viejas. Mi manera de escribir se ve reformada constantemente, influida por lo último que he leído, marcada por aquello que me ha emocionado. Me cuesta horrores mostrar mis historias, y cuando lo hago, las tapo, las escondo, las cubro con mis manos, casi como si me estuviera desnudando. Porque sí, para mí escribir es desnudar mi mente y mi alma, poner todas mis inquietudes sobre el papel, dejándolas a la vista de cualquiera. Si yo estoy triste, a mis personajes les pasan cosas tristes. Si por el contrario, estoy contenta, mis personajes también son felices, y de este mismo modo, aquello que escribo toma unos  tintes u otros.
Por eso pretendo que entiendan que cuando les doy a leer algo mío no se trata de una tontería que no merezca la menor importancia, sino de un acto de confianza en la otra persona, de seguridad y de cariño. Algo a lo que no acostumbro, en absoluto.

Piensa en ositos de peluche

Close your eyes…

Think about teddy bears,

Big and fluffy teddy bears.

Hugging you,

Kissing you,

Loving you.

Taking all your sorrows away…

Teddy bears, teddy bears.

Mandula (la misma chica de Ámsterdam a la que citaba hace ya tres meses y mediocompuso esta canción para mí ayer, mientras mi cerebro dejaba de funcionar en lo que solemos describir como mental breakdown due to overload.  Quedan menos de dos semanas para que llegue a Madrid y creo que tanto mi cuerpo como mi mente han decidido no aceptarlo, o aceptarlo pero aprovechar estos últimos días de mi primer semestre en Mostar al máximo.

Me he convertido en la persona que se escapa de una reunión porque llega tarde a otra, que cada vez que va a quedar con sus amigos tiene que sacar la agenda para asegurarse de que no hay nada en su horario que pueda interponerse, esa persona que pierde más calorías corriendo de una esquina a otra de las que puede ganar con todo lo que ingiere. Soy una persona con más compromisos que horas al día y tres calendarios sincronizados en diferentes rincones que frecuento para no olvidarme nunca de nada.

Me encanta.

Se me escapan los días casi sin que me dé cuenta: consejo de estudiantes; organización de Winter Gala; las clases de español que le estoy dando a Eva, una niña de seis años; preparar exposiciones, espectáculos; leer; leer; leer… Y entre reunión y capítulo, seguimos con las horas de té y galletas, boles llenos de grieß con canela y granada, miel a cucharadas y abrazos eternos. No me hago a la idea de que durante un mes no tendré a Paula llamando a la puerta con cuidado, como si me fuese a despertar cuando sabe de sobra que yo a las once no estoy en la cama; ni podré compartir mis granadas con Carme; ni escucharé a Anna y a Katarina discutiendo sobre la presentación de Teoría del Conocimiento… “Anna, you might as well think of something to say!” Quizá sea por eso que intento disfrutar de cada instante con un fervor casi enfermizo.

Mi cuerpo se queja de vez en cuando y me recuerda que dormir también es necesario, que seis horas no es tanto como me gustaría, que quizá esto no merece la pena… Y mi cabeza le da una colleja con fuerza, se bebe un café y sigue cantando “teddy bears, teddy bears.” Si la situación empeora, solo tienes que llamarles y ellos te abrazarán, te besarán y te querrán.

Y si no, lo hará una holandesa con ascendencia húngara que se ríe de una manera muy especial.

*Por cierto, la base musical utilizada por Mandula fue la de esta canción. Por si alguien se lo preguntaba.

Mostarac

Conocí a Dani una tarde de verano en la boca de metro de Lavapiés.

Aquel día yo había comido con unos amigos y me había tirado todo un plato de aceitunas por encima -con la consecuente peste a encurtido- había corrido al centro comercial más cercano para comprar una camiseta que no oliese a anchoas y me había enfadado conmigo misma por participar, otra vez, de la locura consumista que suponen esos sitios.

Mi humor, resumamos, no era el más adecuado para conocer a dos personas que supondrían mi único lazo con mi nueva vida hasta que ésta comenzase.

Oliver y él me llamaron al móvil, aún estando a dos pasos de distancia, para asegurarse de no presentarse a la muchacha de pelo oscuro equivocada. Dani me dio dos besos torpes -por más que practico no consigo que esa costumbre tan española me salga de manera natural- y nos pasamos las siguientes cinco horas bebiendo cerveza y coca-cola sentados en sillas de Mahou, en uno de esos bares madrileños hasta la médula, de los que con solo pensar en ellos hace que me retuerza entera de nostalgia. 

Qué sano que es reír.

Fueron mis primeros contactos con Mostar y no me puedo imaginar cómo podrían haber sido mejores. Y aunque en aquella tarde que no olvidaré nunca ninguno de los dos dejó de bromear sobre cómo me vería Dani cuando viniese a Herzegovina a principios de septiembre, el momento en el que me encontré con un chico cargado de maletas a la entrada de Musala, preguntando en un local lleno de “eehms” por Alisa, me sorprendió como nada.

Es curioso lo que puedes unirte a una persona por solo tener tu nacionalidad. Es estúpido. Es hermoso.

Dani se graduó en Mostar hace dos años, y se ha pasado los dos últimos estudiando Relaciones Internacionales en la Complutense. Es zamorano, pero su tiempo en Madrid le ha hecho aprender a hablar mazo madrileño. Viste con ropa oscura y sudaderas de Def con Dos. Habla de política, de banderas, de república y de democracia. De paz, también de guerra. Toca la guitarra al tacto, sus dedos vuelan sobre el mástil y la mano derecha se convierte en un borrón de lo rápido que la mueve. Canta en bosnio con estilo flamenco letras que reclaman un mundo mejor. Sueña con crear un mundo mejor. Él crea un mundo mejor.

Es una leyenda en Mostar: aprendió a hablar local de manera fluida en su primer año. Controla declinaciones y variaciones de dialecto. Él solo hizo más por la unificación entre alumnos internacionales y locales que la mayoría de las personas que han tenido la suerte de pasar por este colegio. Como me dice, es nuestro mayor reto. Y el más bonito.

Hablar con él es divertido, te hace ver el mundo a su manera. Se supera a sí mismo, no se autocompadece. Quiere a Mostar de una forma única. Pertenece a Mostar.

Releo lo que he escrito y me doy cuenta de la admiración de mis palabras. No es falsa. Por supuesto, ni él es perfecto ni nos hemos conocido lo suficiente como para que yo pueda medir sus faltas. No me importa. Es mi inspiración, mi modelo a seguir, lo que yo quiero conseguir en mis dos años aquí.

El lunes Dani se fue. Volvió a Madrid y a su vida complutense. Echo de menos su guitarra y su voz cantando a Los Delinqüentes.

Sé que estará bien. Sé que yo también. Sé que le volveré a ver, y eso me hace feliz.

Dani, volimo te.

Rutina

Escribía en mi solicitud de CMU, hace más de diez meses, que la rutina se apodera de las personas con rapidez incluso en el lugar menos rutinario de este planeta.

Supongo que rutina es una buena forma de definir mi vida ahora mismo. Me levanto de mal humor -las buenas costumbres nunca cambian- y voy a clase. Como sentada en el mismo escalón a diario, me rodeo de las mismas personas que poco a poco se convierten en mi familia e incluso hablo con el camarero que me sirve el café en el sitio que, por el momento, me gusta frecuentar.

Es curioso como, sin embargo, no me equivocaba al decir que este es el lugar menos rutinario del planeta. La semana pasada voló entre deberes, exámenes y ensayos dedicados a poner un espectáculo sobre el escenario el sábado en conmemoración del primer UWC Day que se celebró en todo el mundo. La idea de un festival de Arte Callejero se puso en marcha gracias a los esfuerzos de Uri, Si-Jull, Sofia e Irma y no sé cómo, acabé cantando y tocando la guitarra…

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SÍ, ¡SOY YO!

Disfruté como una enana de la experiencia. Desde siempre he sentido mucha vergüenza a la hora de hacer nada que involucre mis dotes musicales de cualquier forma, pero estoy aquí, tengo la oportunidad, y si no lo hago ahora no lo haré nunca.

Me gustaría escribir mil cosas más, hace mucho que no cuento nada, pero la conexión se acaba y yo tengo que llegar a mi residencia antes de las once o Alisa me hará fregar baños hasta el día de mi graduación…

¡Prometo una segunda parte de esta entrada! ¡Esto no es ni un cuarto de todo lo que quería contar! ¡EN SERIO!

La noche es más fría justo antes del amanecer

Escucho a Eric Clapton y no puedo evitar pensar en el mundo que he dejado atrás, en la comida que han decidido organizar mis biólogos para el primer día de clase en la que yo debería estar, en la cena previa a principio de curso de mi grupo de siempre o en la visita semanal a mis abuelos que estaría intentando cumplir con mucha más rigurosidad que el año pasado. Y mientras pienso todo esto, bebiendo una taza de té Chilli que Paula me ha vuelto a preparar porque sabe que me encanta, miro a mi alrededor y me cruzo con las fotos de molinos de Anna, escucho las palabras apresuradas de Katarina en serbio, me agarro a la poca ropa que me queda con olor a casa, a mi otra casa, a la casa que he dejado atrás y en la que no sé si volveré a vivir. Porque, al fin y al cabo, esta es ahora mi casa.

Y no podría ser de otra manera.

Salgo por las mañanas mirando el reloj con prisa mientras me como un par de galletas -por supuesto, no tengo tiempo como para hacer una parada en la cantina y llegar en hora- y  escucho a mis compañeros debatir durante las clases de la mañana. En mis bloques libres, que son mucho más habituales de lo que podría haber imaginado, me tomo un café y leo, o hago cualquiera de las cosas que se me pasan por la cabeza y que no parece que pueda encontrar un momento para dedicar y resolverlas. Como sentada en las escaleras de la cantina rodeada de gente que, como yo, sonríe al sol, todavía no ha empezado la temporada de lluvia, y vuelvo a clase, o me tumbo en el parque, o corro hacia la residencia para dormir un rato, aunque sólo sea media hora.

Me gusta hablar con las personas que me rodean aquí y que tienen la cabeza llena de ideas diferentes y mil formas completamente distintas de ver el mundo tan agridulce en el que vivimos. Disfruto de mis clases con grupos de menos de veinte personas, me río con los profesores y cuando termino cruzo el río de nuevo, de camino a Musala, con un trozo de pan grasiento entre los dedos, riéndome con Nadia, o con Bono, o quizá esta vez bajo sola y disfruto del sol en la cara y del ruido del agua.

La mejor parte es que cuando llego a casa (ya no hay duda alguna, esto es mi casa) me esperan mis compañeros, que se ríen en las escaleras de la residencia mientras comen higos, o Katarina y Anna, que compiten a ver quién ha procrastinado más y ha llegado más lejos en la lista de universidades (¡Anna ya va por la W!), o una sesión musical improvisada en el sótano, o Mandula con su nueva Polaroid, o Paula, que se sienta en mi cama y me cuenta cosas sin parar, hablando de todo y de nada.

Cuando llegue el viernes, quizá volvamos a tener una fiesta de cumpleaños en la playa, con hoguera y guitarras. Puede que volvamos a organizar un viaje a las montañas, bajemos veinte kilómetros del azul -azulísimo- Neretva en una balsa de plástico y que comamos pescado asado en una playa mientras nos bañamos en el agua helada y dejamos que la corriente nos vuelva a arrastrar. Quizá, simplemente, dejemos que pase el día en Mostar entre actividades sociales y canciones en idiomas que no había escuchado jamás (¿sabía alguien que la lengua Xhosa tiene clicks?) y me ría sobre las cuestiones más absurdas que me pueda plantear. No lo sé, y eso me llena de emoción y expectación, de ganas de seguir viviendo esta aventura que parece de mentira, que me hace feliz a cada momento.

Y así termino de escuchar a Eric Clapton, y pienso en mi casa, en las incomodidades que tiene, en el trabajo que cuesta mantenerla limpia y en lo poco que me apetece planchar. Y soy feliz. Soy tan, tan feliz.