München

No me parece que hayan pasado meses desde la última vez que me senté en estas butacas del aeropuerto de Munich. El cielo está completamente nublado y ni siquiera puedo ver a los aviones despegar. El tiempo pasa, pero lo hace lentamente, muy lentamente, tan despacio que quizá sería mejor pararlo por completo.

Siempre he tenido una fascinación extraña por los aeropuertos. Me fascinan su orden, su trajín, el ruido de las ruedas de las maletas arrastradas por el suelo. El aspecto aséptico que buscan alcanzar en los aeropuertos modernos, el error garrafal de poner butacas tapizadas con terciopelo verde que apestan de lejos. Me enseñé a mí misma a apreciar el ruido infernal del motor del avión, a dibujar la parábola que traza en el cielo, a ganar la paciencia necesaria para que las horas muertas pasen y a pasarlas de una forma rápida, indolora.

Estoy harta de los aeropuertos.

Estoy cansada de su trajín perezoso, del ruido de la gente al caminar, de la ausencia de conversaciones y alegría que debería acompañar a los viajes. Supongo que tiene sentido, porque en los últimos tres años la mayoría de las horas que he pasado en aeropuertos eran horas para ir de casa a casa, intercambiar familias reales por todas esas ficticias que tengo alrededor.

El problema no son los aeropuertos, sino la concepción que han ido tomando.

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Señales de vida

Veinticuatro días después, sigo viva.

Me hubiese gustado ir actualizando mi blog durante el mes de diciembre, pero qué locura de diciembre. Mostar en sus últimas dos semanas se convirtió en una ciudad ágil, rápida y helada que tuve que correr de arriba a abajo demasiadas veces. Perdí la cuenta de las cosas que tenía que hacer, de las que estaba organizando y de aquellas de las que intentaba escapar para poder dedicarme a otras que primaban, al menos en mi mente, aunque probablemente mis profesores no opinen lo mismo. Oh well… Y antes de que me hubiese dado cuenta de que el primer term había acabado estaba rumbo a España.

Desde que llegué a Madrid hace quince días mi vida se ha quedado en una suerte de stand by que aún me tiene confusa. Mi cuerpo no acepta que las horas de sueño sean una posibilidad y se despierta agobiado, dispuesto a correr porque llego tarde a algún sitio, algo en gran parte todavía cierto: me faltan las horas para dedicar a toda la gente que dejé aquí.

La última semana de colegio fue una de las mayores locuras que he vivido en Mostar, probablemente de las mayores locuras de mi vida -un no parar, moverme constantemente, sin dormir y sin comer, riendo y disfrutando como nunca. Winter Arts Festival, Winter Gala, saltar a un escenario; desnudarme con palabras cantadas a un micrófono de la mano de una de las mejores personas que podría haberme encontrado; aplaudir como nunca a los diálogos de García Lorca traducidos al inglés e interpretados por las maravillosas chicas de teatro, quienes fueron lideradas por una Bernarda holandesa. Y después, una maleta acabada más pronto que tarde, si se piensa en los horarios de las personas normales, furgoneta a Sarajevo y de ahí un avión a Munich, de Balcanes a Alpes, de un cielo a otro y sin parar, directo, entre las nubes y la nieve, acompañada por el ruido del motor y la conversación de Si-Jull. Horas de espera y Madrid.

Madrid.

Como ya he dicho, mi vida parece estar en stand by desde que llegué. Creo que sería más acertado decir que mi vida en Mostar es la que se ha quedado en espera mientras que he retomado la de Madrid casi sin diferencias, por muy distinta que me sienta. Como decía Julio Iglesias (aunque yo prefiera en esto a La loca María), la vida sigue igual. Yo lo disfruto todo, desde la comida casera a la comodidad de mi cama, el calor de un radiador debajo de mi mesa kilométrica, la tranquilidad del silencio o la compañía de las personas que me conocen desde hace tanto tiempo, pero mantengo esa sensación de doble vida y doble yo, sintiéndome casi traidora con la otra versión de mí misma que en realidad no dista tanto de esta, aunque siga sin ser la misma.

Sigo, con todo, en esta burbuja mía de felicidad en la que me he estancado y voy anidando con regocijo, con mucho tiempo libre ocupado en leer, dibujar, escribir y, por supuesto, sentarme en autobuses que suben y bajan la carretera de la Coruña como buena chica de pueblo.

Con tranquilidad, acompañada de Adela y Marie, del difunto Santiago Nasar y el cabronazo -porque no tiene otro nombre salvo, quizá, genio- de Baldés y, por supuesto, de la misma gente de siempre, voy dejando las fiestas pasar, de stand by a stand by, de Mostar a Madrid, de escala en escala, en tiempo presente.