Hannah Arendt, o no banalizar en el cine

Mi madre me ha llevado al cine desde que tengo uso de razón.

De pequeña me llevaba a ver los últimos estrenos de Disney, Dreamworks y las versiones cinematográficas de Doraemon, en las cuales yo hacía grandes esfuerzos por evitar que no se durmiese; cuando fui creciendo, comenzamos a ver comedias románticas de palomitas y coca-cola gigante, con perrito caliente incluido y guión constante, entre las que se iban colando algunas pequeñas obras más elaboradas, diferentes y complejas que yo no alcanzaba a comprender.

La primera vez que me llevó a un cine con una pantalla que podría haber cabido en el salón de mi casa (ocupando todo su ancho y altura, por supuesto), me decepcioné. No debió escuchar mis quejas, porque continuó intentándolo y me introdujo en el mundo de los subtítulos y las películas en chino mandarín, el de las historias con significado implícito y los actores que dicen todo con nada. El del cine de verdad, que lo suelen llamar.

Creo que en realidad, lo que más le debo agradecer es que me presentase los cines Renoir.

Me encantan esos lugares. Me gusta llegar y que la gente sea silenciosa hasta para pedir la entrada; que si pone que comenzará a las cuatro, los anuncios y trailers habrán terminado exactamente a las cuatro menos un minuto. Me gusta el olor a todo menos a palomitas, y que el único ruido que haya en los momentos mudos sea el respirar agitado de los demás espectadores. Me gusta ir sola y encontrarme con otras personas solas, sonreír hacia ellas con tranquilidad y salir y poder sentarme a pensar sobre lo que acabo de ver. Me gusta llorar sin que me juzguen, reír sin que me manden callar y que la pantalla no sea tan grande que me esté perdiendo detalles constantemente. Son rincones de felicidad.

El martes fuimos a ver Hannah Arendt, de Margaret Von Trotta, una crónica biográfica que retrata la vida de la filósofa (aunque ella insistía en que se la considerase como estudiosa de la política) durante uno de sus periodos más polémicos: el tiempo durante el cual redactó y publicó su crónica acerca del juicio de Adolf Eichmann, que pasaría a conocerse como Eichmann en Jerusalén, y en el que desarrolló la idea de la banalidad del mal.

Resulta estremecedora la idea de que los hombres puedan ser malos en sí mismos. Es por ello que las mayores atrocidades, desde aquellas en las que un hombre es el causante de la muerte de millones de personas hasta otras, de menor envergadura pero más terribles siquiera, en las que un padre asesina a sus dos hijos, son siempre atribuidas a actos de locura, de desenfreno, de emociones demasiado intensas como para ser dirigidas por la razón. Odio, locura o venganza parecen argumentos mucho más aceptables para un acto tan incomprensible como es el de matar.

Solemos considerarnos seres puramente racionales, capaces de distinguir lo incorrecto de lo correcto hasta el punto de poder juzgar a aquellos que no se pararon a reflexionar y tendemos a olvidar aquellos momentos, mucho más frecuentes de lo que podríamos desear, en los que la razón pasa a un segundo plano y dejamos de pensar. Puede ser la rutina quien en parte confunde nuestras propias ideas y hace que acabemos por ceder, sin siquiera haberlo permitido, a guiarnos por la simpleza de una vida acomodada y tranquila, con problemas propios de las comunidades pequeñas, egoísta, libre de dudas, de preguntas y de pensamiento, convirtiéndose en la culpable de nuestra mayor fuente de maldad.

Cedemos y nos olvidamos de quién somos o de qué vinimos a buscar, nos dejamos llevar y no dudamos al cometer atrocidades que sencillamente forman parte de nuestro día a día. El mal deja de ser tal ya que nosotros, supuestos seres pensantes, no hemos decidido llevar a cabo las acciones de las que nos acusan. Tampoco las hemos rechazado pero, al fin y al cabo, cumplimos con nuestro deber y escondemos la culpa. Sin dudar, exactamente igual que Eichmann.

Es eso, quizá, lo que más asusta: el hecho de Eichmann, igual que la gran mayoría de miembros de las SS, eran personas irrelevantes, incapaces de pensar. Asusta aceptar que las acciones cometidas no buscaron ser malas en sí, porque no buscaron ser y simplemente fueron, y que uno de los mayores crímenes contra la humanidad fue cometido por una panda de don nadies.

“The greatest evil in the world is the evil committed by nobodies.”

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