Reflexiones de un día feliz

Polce pasó, frente al mar, más adelante

Los días comienzan a las doce y aún así insistimos en no hablar de un día nuevo hasta que despiertas de mañana.

Mi día empezó con Simon saliendo de la habitación después de que le despertase y le hiciese moverse de mi regazo adormecido. Luego, soñé.

“I like randomness” dije, y lo dije con honestidad. No sé de cuántas maneras distintas podría haber sido este día. Me pregunto si alguna de ellas me habría conducido a esta playa de piedras blancas y mar transparente, a este cielo azul, al viento helado.

La humedad ha calado mi ropa y el aire me hiela los huesos. El sol, en contrapartida, los tuesta. Creo que una flor seca es menos delicada que este momento.

El italiano es un idioma increíblemente parecido al castellano. 40%, nos dicen. Con el portugués también nos entendemos, o eso creemos.

El pan dulzón y el regusto a atún todavía están en mi boca. La sal llena mi nariz. Las plantas de mis pies se han hecho de cartón.

El olfato es un sentido singular. Despierta a la memoria como ningún otro. Como dato curioso, hay pocas cosas más indescriptibles que los olores. En mi vida ya no hay casa. Sin embargo, la brisa trae olor a hogar.

“¿Por qué Polce? There’s nothing in Polce! Just, ¡nada!”

Pero no es cierto. O sí, pero no me doy cuenta. De cualquier forma, pasamos Polce de largo. Hay un bar con bandera española y un cartel enorme. Tortillas, lee.

No hay nada en Polce.

Las olas llegan y arrastran las piedras de la orilla, maraca a tempo lento.

Maraca, Macabea, Macondo, Manuscrito.

Supongo que se refieren a esto cuando hablan de un día perfecto. O casi perfecto. ¿Desde cuándo la perfección existe?

No quiero que acabe y sé que terminará. Que quede en la memoria, que se olvide, que no se repita, que vuelva a suceder.

¿Y si paramos el tiempo por un momento?

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