Summertime

Llevo más de una semana intentando escribir. Mis exámenes acabaron, mis obligaciones son mínimas. He enviado mis trabajos y aunque aún me quede mucho por hacer, estoy de vacaciones.

Llevo una semana intentando escribir. Escribir sobre historias de viaje, sobre amigos constantes, sobre fetos de cerdo desollados. Escribir sobre una ciudad con un río que tiene una temperatura de 9ºC constantes, una ciudad cruzada por un lazo azul turquesa. Las fotografías con filtros que se encuentran por internet no siempre engañan. Escribir sobre un puente, no uno otomano reconstruido por españoles, sino uno mucho más nuevo, con un mirador pequeño donde por las noches, de vuelta a casa tras una jarra de cerveza negra, me gusta pararme a respirar y escuchar el agua correr.

Llevo una semana intentando poner por escrito todo lo que pasaba por mi cabeza, o intentando evitarlo. Ni siquiera entiendo si quiero pensar. No sé cómo se pone por escrito la sensación que invade cuando se tiene conciencia de lo que vive alguien tan importante como esa persona a la que he acabado por considerar mi significant other. No sé cómo escribir sobre el sentimiento que produce dejar una nota de despedida encima de la cama de la persona con la que había estado bailando un par de horas antes. Me gustaría ser capaz de describir la mirada compartida entre dos amigas en el escenario. No soy capaz.

Llevo una semana intentando escribir sobre ciclos, sobre su naturaleza, sobre su lógica y su sentido. Y lo cierto es que por mucho que crea en todos ellos, no dejan de doler.

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Mancharse las manos

El otro día salía del climbing hall, ese pequeño cubículo de techo alto, sudor y alegría que está haciendo que mis brazos se llenen de pequeños bultos -músculos, que lo llaman- y restregaba mis manos cubiertas de polvo de magnesio contra mis pantalones, intentando limpiar el exceso de mineral que reseca mi piel y ayuda a que no me resbale mientras me subo por las paredes, literalmente. Así, casi sin darme cuenta, me fijé en mis manos, que estaban grises, teñidas por el blanco del polvo y el negro de la tinta que habíamos usado por la mañana en clase de arte, y me di cuenta de que, últimamente, me paso la vida con las manos manchadas.

Manchadas de café, de tinta, de carboncillo o de magnesio. Manchadas de barro, del verdín del césped, de las cenizas que se forman cuando quemo algo en el laboratorio de química. Manos sucias y arañadas, algo descuidadas, con las uñas sin recortar y llenas de barro, del pigmento de las acuarelas, de restos de jugo de fruta.

Me mancho las manos haciendo lo que me gusta y ojalá mis manos pasasen más tiempo sucias.

Espero que hoy, en algún momento del día, tus manos acaben de tantos colores que no los puedas nombrar.

Piensa en ositos de peluche

Close your eyes…

Think about teddy bears,

Big and fluffy teddy bears.

Hugging you,

Kissing you,

Loving you.

Taking all your sorrows away…

Teddy bears, teddy bears.

Mandula (la misma chica de Ámsterdam a la que citaba hace ya tres meses y mediocompuso esta canción para mí ayer, mientras mi cerebro dejaba de funcionar en lo que solemos describir como mental breakdown due to overload.  Quedan menos de dos semanas para que llegue a Madrid y creo que tanto mi cuerpo como mi mente han decidido no aceptarlo, o aceptarlo pero aprovechar estos últimos días de mi primer semestre en Mostar al máximo.

Me he convertido en la persona que se escapa de una reunión porque llega tarde a otra, que cada vez que va a quedar con sus amigos tiene que sacar la agenda para asegurarse de que no hay nada en su horario que pueda interponerse, esa persona que pierde más calorías corriendo de una esquina a otra de las que puede ganar con todo lo que ingiere. Soy una persona con más compromisos que horas al día y tres calendarios sincronizados en diferentes rincones que frecuento para no olvidarme nunca de nada.

Me encanta.

Se me escapan los días casi sin que me dé cuenta: consejo de estudiantes; organización de Winter Gala; las clases de español que le estoy dando a Eva, una niña de seis años; preparar exposiciones, espectáculos; leer; leer; leer… Y entre reunión y capítulo, seguimos con las horas de té y galletas, boles llenos de grieß con canela y granada, miel a cucharadas y abrazos eternos. No me hago a la idea de que durante un mes no tendré a Paula llamando a la puerta con cuidado, como si me fuese a despertar cuando sabe de sobra que yo a las once no estoy en la cama; ni podré compartir mis granadas con Carme; ni escucharé a Anna y a Katarina discutiendo sobre la presentación de Teoría del Conocimiento… “Anna, you might as well think of something to say!” Quizá sea por eso que intento disfrutar de cada instante con un fervor casi enfermizo.

Mi cuerpo se queja de vez en cuando y me recuerda que dormir también es necesario, que seis horas no es tanto como me gustaría, que quizá esto no merece la pena… Y mi cabeza le da una colleja con fuerza, se bebe un café y sigue cantando “teddy bears, teddy bears.” Si la situación empeora, solo tienes que llamarles y ellos te abrazarán, te besarán y te querrán.

Y si no, lo hará una holandesa con ascendencia húngara que se ríe de una manera muy especial.

*Por cierto, la base musical utilizada por Mandula fue la de esta canción. Por si alguien se lo preguntaba.

Latinoamérica

Queridos,

Se me hace extraño escribiros en esta lengua mía y no vuestra. Supongo que es por ese origen tan extraño que tenemos que nos obliga a comunicarnos en inglés, que hace que seamos tan variopintos y que, a los ojos de muchos, pertenezcamos a todo menos a América Latina. No saben, no entienden. Tampoco quieren entender.

He crecido rodeada de gente, de personas entrando y saliendo de mi vida, de familias que distan mucho de estar unidas a mí por concordancias genéticas, familias de distinta sangre. Mis familias son tan distintas que casi nada me sorprende cuando hablo de ellas, cuando pienso en lo que nos une y en lo que nos diferencia. Nunca, jamás, se me había pasado por la cabeza la posibilidad de encontrar una familia (más), tan diferente y pequeña, tan incongruente, tan de locos y tan perfecta en un rincón tan apartado del resto del planeta.

No sé por qué tengo la sensación que, de haberlo hecho, mis expectativas no habrían llegado a acercarse a la realidad.

Vosotros, latinos míos, sois eso: una familia diferente y pequeña, incongruente y de locos, pero familia, al fin y al cabo, como cualquier otra. Las familias pelean, discuten, se tiran de los pelos y acaban hasta los cuernos. Nunca se ponen de acuerdo sobre qué hacer de comida, se quejan del olor a pies de los otros y quieren matarse cada vez que se toca la política del país. Aún con todo, siguen reuniéndose cada Navidad, se llaman por sus cumpleaños y se abrazan cuando se reúnen tras siglos sin verse.

Las familias, incluso las que no tienen relación sanguínea, no se eligen: están ahí. Va intrínseco en algún lugar de la conciencia. Conoces a las personas que la van a componer y ¡zas! familia. Sin más.

Esta semana ha sido nuestra. Bueno, nuestra y de esos capitalistas del norte, y de los amantes de la mantequilla que quedan más al norte aún. Y de la finlandesa. A pesar de ello, tengo que confesar que yo la voy a recordar siempre como la semana que compartí con vosotros más que con ellos, con mate y caras de asco, con Gael García Bernal (“he’s soooooo hot!”), golpes de estado fallidos y fiestas con música barata. La semana que me ha acercado más a América Latina en lo que llevo de vida. 

 

Sois una de mis familias, un refugio seguro. Una casa en forma de habitación con paredes decoradas, los secretos mejor guardados -casi siempre-, las risas que se cuelan entre tragos de cerveza. Amigos, confidentes. Couscous a la una de la mañana, tapioca en medio de una tarde de estrés, pão de queijo después de comer. Bailes que es mejor no recordar, risas que yo no quiero olvidar.

Me hace feliz teneros.

Los quiero,

Marta

¿Y si yo no fuera yo?

¿Y si yo no fuera yo?

Escucho a la gente por el pasillo y me pregunto seriamente qué sería de mi vida si hoy me hubiese gritado mi padre para que bajase de las alturas de mi felicidad entre peluches y almohadas a las siete de la mañana. Si hubiese saltado ese último escalón de mi litera, corriendo para vestirme y estar a las ocho en esa cárcel que solíamos llamar Guantánamo -por el naranja del uniforme de los presos, no por las torturas- terminando mis galletas y repasando para los exámenes de la primera evaluación que mis amigos están padeciendo.

Intento imaginar quién sería yo si mi inglés siguiese siendo desastroso y Katie una irlandesa perdida por Estados Unidos, completamente ajena a mí, estudiando teatro. ¿Estaría estudiando teatro? Quizá no habría decidido nunca dar ese paso. Quizá no hubiese salido de Greenville. Quizá.

Si yo no fuera yo. Si hablase de “dhe Gran Gatsby” como una película y no un libro, si no conociese a Scout ni fuese consciente de que leer es como respirar. De que necesito respirar para vivir. De que respirar es a lo que quiero dedicarme durante el resto de mi existencia.

Until I feared I would lose it, I never loved to read. One does not love breathing.

Si yo no fuera yo, nunca habría escuchado la voz de Cassius, ni habría conocido el valor de Calpurnia, ni el honor de Brutus.

For Brutus is an honourable man.

Y qué habría sido de mí sin ellos…

Pienso en mí de no haber empezado mi vida de cero en la estación de Nuevos Ministerios. Se borran, como en una película, todas las escenas del último año que bailan en mi cabeza. Se borran las risas, los abrazos, la impotencia, el cansancio, la felicidad. Se borran las carreras para llegar al tren, las horas soñando con un mundo mejor en el Aula 0 del instituto y el tiempo perdido intentando ver un ser inexacto a través del microscopio. Se borran los biólogos, mi trío calavera y los sindicalistas que regalan tazas de La Tuerka.

Me imagino sin mí, y supongo -porque la alternativa sería estar muerta- que todo ese espacio vacío se compensaría con más mañanas de galletas en un Volvo blanco, con recreos rodeados de niños vestidos de naranja, con una vida cuadriculada y dos años estudiando para Selectividad. Sonrío ante la idea de todo lo que habría tenido. Lloro al pensar en las personas que no habría conocido jamás.

Quizá mi vida sin mí no habría estado del todo mal, al final.

Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado.

Mi vida sin manifestaciones políticas, mi vida sin luchar, mi vida tranquila, de manual. Una vida adecuada a lo esperado, sin malgastar, sin perder, sin arriesgar. Soñando, pero soñando en bajo, no se vayan a despertar.

La peor de las actitudes es la indiferencia.

Pienso mucho en mi vida sin mí. En todo lo que sería yo si no fuese yo. Pienso en mis menciones de honor tras horas y horas -y más horas- detrás de un libro de texto, memorizando para repetir, repitiendo para no pensar, no pensando para encajar. Pienso en mis amigos con el mismo esquema repetido detrás de la oreja, murmullo constante.

Pienso en un puente que no habría visto nunca; en ciudades viejas que habrían quedado en la memoria de otros, pero no en la mía; en historia que se reservaría a unos apuntes rápidos cogiendo polvo en la estantería; en fotos inexistentes; en personas desconocidas.

Pienso en el hielo del coronel Aureliano, en las mujeres de la luz y en su casa llena de espíritus, en los los 451 grados a los que arde el papel, en el hecho de que Hessel sería un nombre desconocido y en Antígona. Pienso mucho en Antígona.

Comprender… siempre comprender. Yo no quiero comprender.

Y entre esas cavilaciones me despierto de mi ensoñación y miro el reloj, sorprendida. Vuelvo a mi vida, a la de verdad, no a esa en la que yo falto. La voz de Sibyl se cuela, retumba en mi cabeza y me dan ganas de sacar la recortada. La risa de Camila todavía resuena, igual que sus preguntas absurdas formuladas de mil formas distintas porque -pobriña- no puede evitar pensar en voz alta. Se escucha a los niños con los que compartimos escuela reír mientras bajan por las escaleras. Sonrío.

Esta noche tenemos sesión de reflexión. Hay quien dice que nadie sale indiferente, que a todos nos cambia de alguna manera.

Mientras siga siendo yo, me doy por satisfecha.

Quick update

He estado desaparecida durante las dos (¿tres?) últimas semanas, entre unas vacaciones otoñales en Viena con mi madre; un par de días ocupados en Mostar; un viaje fallido a Stolac, apenas a media hora de Mostar, y otro inesperado a Pristina, a diez horas en coche -diecisiete en autobús-.

Ahora, de vuelta en Mostar -de vuelta en casa- escribo un par de líneas rápidas para recordar que, contra todo pronóstico por haber ido en un coche conducido por Mateusz, sigo viva… ¡y pelicorta!

Por cierto, en las fotos he incluido algunas de las que hice en Dubrovnik. De Viena no hay porque alguien no me las ha pasado…

Rutina, Vol. 2

Escribía hace un par de semanas sobre mi vida, rutinaria sin llegar a serlo, en esta ciudad balcánica que me enamora cada día un poco más.

Hablaba del UWC day, de mis ganas de aprender y de mi persona cantando delante de muchas personas (vale, no tantas) con un micrófono que estaba muy alto.

Como decía, todo muy rutinario.

Otra semana de clases y de vuelta a las aventuras: Dubrovnik, Croacia, como nuevo destino.

Queríamos hacer autostop, muy común aquí, hasta la costa adriática, pero el grupo que inicialmente iba a ser de tres (Mandula, Eirik y yo) acabó degenerando en otro mucho más grande que incluía a Nadia, Simon, Bono y Paula. Y a pesar de que decidimos dividirnos, los únicos que llegaron a nuestro destino subidos en el coche de un desconocido y armados con navajas suizas y desodorante en spray (solo por si acaso) fueron Mandula, Eirik y Simon.

Y después de un viaje tranquilo escuchando a los Cranberries, Dubrovnik.

Dubrovnik fue siempre un sitio turístico. De cara al Adriático, el sol y la montaña atrajeron a turistas durante muchos años, alcanzando un pico en los noventa que la guerra hizo caer en picado tras el bombardeo a la ciudad, seguido de un asedio de seis meses.

El único contacto que había tenido con ella había sido desde el avión durante mi viaje, ya que aterricé allí. Del aeropuerto a Móstar la ciudad que vi fue… bueno, dejémoslo en que no fue.

Después de la guerra la ciudad fue reconstruida, particularmente el casco antiguo. Personalmente, la encontré demasiado nueva y falsa, casi como un parque temático, llena de piedras que pretendían dar aspecto viejo pero que brillaban demasiado como para poder tener más de diez años y repleta de turistas ruidosos y molestos; todo muy parecido a la ciudad vieja de Móstar. Por primera vez desde que llegué a los Balcanes, escuché a gente hablar castellano mientras paseaba y me asusté cuando reconocí a grupos de españoles sin necesidad de atender a sus palabras, simplemente por su tono de voz. Horroroso.

Así que nos escondimos  con nuestro horror en una cala donde nadamos y saltamos desde las rocas. Comimos los bocadillos que habíamos tomado prestados de la cantina y seguimos paseando. Un intento de hoguera que el noruego, acostumbrado a salir al campo, no conseguía mantener salvado por Paula (quién lo hubiera dicho…) Salchichas crudas, patatas que intentan asarse entre las ascuas, vino barato, risas. Y después, gente llamando a la policía, nosotros corriendo, recogiendo, aplastando las pocas patatas que se habían llegado a asar (nunca perdonaré a Simon por eso) y más risas, más vino, más sal en nuestra piel tras volver a bañarnos entre las rocas.

Volvimos a Móstar destrozados, habiendo dormido media hora tirados en un parque y otras tres en un autobús lleno de gente con policías recogiendo los pasaportes cada vez que cruzábamos una frontera… Por desgracia, mucho más a menudo de lo que había imaginado.

El lunes ninguno fue a clase, recuperando horas de sueño y curándonos de nuestros resfriados… But oh, so worth it.

¡Ah! ¿Y la mejor parte de todo esto? El viernes salgo para Viena.

¡Feliz Bajram!