Self-fulfilment?

¿De dónde sale esa necesidad tan arraigada de llenar nuestras horas y nuestra vida con acciones y objetos que nos conducen a un “estado de satisfacción”?

¿Por qué esa obsesión con alcanzar el yo absoluto, el más desarrollado, el que nos hará sentirnos únicos y enteros?

¿Y si nos limitásemos a llevar a cabo aquello que, sencillamente, queremos hacer y olvidásemos todo lo demás?

¿Hasta qué punto es egoísta vivir tu propia vida?

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Piensa en ositos de peluche

Close your eyes…

Think about teddy bears,

Big and fluffy teddy bears.

Hugging you,

Kissing you,

Loving you.

Taking all your sorrows away…

Teddy bears, teddy bears.

Mandula (la misma chica de Ámsterdam a la que citaba hace ya tres meses y mediocompuso esta canción para mí ayer, mientras mi cerebro dejaba de funcionar en lo que solemos describir como mental breakdown due to overload.  Quedan menos de dos semanas para que llegue a Madrid y creo que tanto mi cuerpo como mi mente han decidido no aceptarlo, o aceptarlo pero aprovechar estos últimos días de mi primer semestre en Mostar al máximo.

Me he convertido en la persona que se escapa de una reunión porque llega tarde a otra, que cada vez que va a quedar con sus amigos tiene que sacar la agenda para asegurarse de que no hay nada en su horario que pueda interponerse, esa persona que pierde más calorías corriendo de una esquina a otra de las que puede ganar con todo lo que ingiere. Soy una persona con más compromisos que horas al día y tres calendarios sincronizados en diferentes rincones que frecuento para no olvidarme nunca de nada.

Me encanta.

Se me escapan los días casi sin que me dé cuenta: consejo de estudiantes; organización de Winter Gala; las clases de español que le estoy dando a Eva, una niña de seis años; preparar exposiciones, espectáculos; leer; leer; leer… Y entre reunión y capítulo, seguimos con las horas de té y galletas, boles llenos de grieß con canela y granada, miel a cucharadas y abrazos eternos. No me hago a la idea de que durante un mes no tendré a Paula llamando a la puerta con cuidado, como si me fuese a despertar cuando sabe de sobra que yo a las once no estoy en la cama; ni podré compartir mis granadas con Carme; ni escucharé a Anna y a Katarina discutiendo sobre la presentación de Teoría del Conocimiento… “Anna, you might as well think of something to say!” Quizá sea por eso que intento disfrutar de cada instante con un fervor casi enfermizo.

Mi cuerpo se queja de vez en cuando y me recuerda que dormir también es necesario, que seis horas no es tanto como me gustaría, que quizá esto no merece la pena… Y mi cabeza le da una colleja con fuerza, se bebe un café y sigue cantando “teddy bears, teddy bears.” Si la situación empeora, solo tienes que llamarles y ellos te abrazarán, te besarán y te querrán.

Y si no, lo hará una holandesa con ascendencia húngara que se ríe de una manera muy especial.

*Por cierto, la base musical utilizada por Mandula fue la de esta canción. Por si alguien se lo preguntaba.

¿Y si yo no fuera yo?

¿Y si yo no fuera yo?

Escucho a la gente por el pasillo y me pregunto seriamente qué sería de mi vida si hoy me hubiese gritado mi padre para que bajase de las alturas de mi felicidad entre peluches y almohadas a las siete de la mañana. Si hubiese saltado ese último escalón de mi litera, corriendo para vestirme y estar a las ocho en esa cárcel que solíamos llamar Guantánamo -por el naranja del uniforme de los presos, no por las torturas- terminando mis galletas y repasando para los exámenes de la primera evaluación que mis amigos están padeciendo.

Intento imaginar quién sería yo si mi inglés siguiese siendo desastroso y Katie una irlandesa perdida por Estados Unidos, completamente ajena a mí, estudiando teatro. ¿Estaría estudiando teatro? Quizá no habría decidido nunca dar ese paso. Quizá no hubiese salido de Greenville. Quizá.

Si yo no fuera yo. Si hablase de “dhe Gran Gatsby” como una película y no un libro, si no conociese a Scout ni fuese consciente de que leer es como respirar. De que necesito respirar para vivir. De que respirar es a lo que quiero dedicarme durante el resto de mi existencia.

Until I feared I would lose it, I never loved to read. One does not love breathing.

Si yo no fuera yo, nunca habría escuchado la voz de Cassius, ni habría conocido el valor de Calpurnia, ni el honor de Brutus.

For Brutus is an honourable man.

Y qué habría sido de mí sin ellos…

Pienso en mí de no haber empezado mi vida de cero en la estación de Nuevos Ministerios. Se borran, como en una película, todas las escenas del último año que bailan en mi cabeza. Se borran las risas, los abrazos, la impotencia, el cansancio, la felicidad. Se borran las carreras para llegar al tren, las horas soñando con un mundo mejor en el Aula 0 del instituto y el tiempo perdido intentando ver un ser inexacto a través del microscopio. Se borran los biólogos, mi trío calavera y los sindicalistas que regalan tazas de La Tuerka.

Me imagino sin mí, y supongo -porque la alternativa sería estar muerta- que todo ese espacio vacío se compensaría con más mañanas de galletas en un Volvo blanco, con recreos rodeados de niños vestidos de naranja, con una vida cuadriculada y dos años estudiando para Selectividad. Sonrío ante la idea de todo lo que habría tenido. Lloro al pensar en las personas que no habría conocido jamás.

Quizá mi vida sin mí no habría estado del todo mal, al final.

Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado.

Mi vida sin manifestaciones políticas, mi vida sin luchar, mi vida tranquila, de manual. Una vida adecuada a lo esperado, sin malgastar, sin perder, sin arriesgar. Soñando, pero soñando en bajo, no se vayan a despertar.

La peor de las actitudes es la indiferencia.

Pienso mucho en mi vida sin mí. En todo lo que sería yo si no fuese yo. Pienso en mis menciones de honor tras horas y horas -y más horas- detrás de un libro de texto, memorizando para repetir, repitiendo para no pensar, no pensando para encajar. Pienso en mis amigos con el mismo esquema repetido detrás de la oreja, murmullo constante.

Pienso en un puente que no habría visto nunca; en ciudades viejas que habrían quedado en la memoria de otros, pero no en la mía; en historia que se reservaría a unos apuntes rápidos cogiendo polvo en la estantería; en fotos inexistentes; en personas desconocidas.

Pienso en el hielo del coronel Aureliano, en las mujeres de la luz y en su casa llena de espíritus, en los los 451 grados a los que arde el papel, en el hecho de que Hessel sería un nombre desconocido y en Antígona. Pienso mucho en Antígona.

Comprender… siempre comprender. Yo no quiero comprender.

Y entre esas cavilaciones me despierto de mi ensoñación y miro el reloj, sorprendida. Vuelvo a mi vida, a la de verdad, no a esa en la que yo falto. La voz de Sibyl se cuela, retumba en mi cabeza y me dan ganas de sacar la recortada. La risa de Camila todavía resuena, igual que sus preguntas absurdas formuladas de mil formas distintas porque -pobriña- no puede evitar pensar en voz alta. Se escucha a los niños con los que compartimos escuela reír mientras bajan por las escaleras. Sonrío.

Esta noche tenemos sesión de reflexión. Hay quien dice que nadie sale indiferente, que a todos nos cambia de alguna manera.

Mientras siga siendo yo, me doy por satisfecha.

Conversaciones

“What I don’t like about the Croatian side of the city is how many destroyed buildings we have. It’s such a reminder of bad things…”

“Well, I think it is good to be reminded of the bad things so we can try not to do them again.”

“Yeah, I know… But here in Mostar, we are reminded every second of every single day. And that’s just too much.”

Hana, una chica de Mostar