Señales de vida

Veinticuatro días después, sigo viva.

Me hubiese gustado ir actualizando mi blog durante el mes de diciembre, pero qué locura de diciembre. Mostar en sus últimas dos semanas se convirtió en una ciudad ágil, rápida y helada que tuve que correr de arriba a abajo demasiadas veces. Perdí la cuenta de las cosas que tenía que hacer, de las que estaba organizando y de aquellas de las que intentaba escapar para poder dedicarme a otras que primaban, al menos en mi mente, aunque probablemente mis profesores no opinen lo mismo. Oh well… Y antes de que me hubiese dado cuenta de que el primer term había acabado estaba rumbo a España.

Desde que llegué a Madrid hace quince días mi vida se ha quedado en una suerte de stand by que aún me tiene confusa. Mi cuerpo no acepta que las horas de sueño sean una posibilidad y se despierta agobiado, dispuesto a correr porque llego tarde a algún sitio, algo en gran parte todavía cierto: me faltan las horas para dedicar a toda la gente que dejé aquí.

La última semana de colegio fue una de las mayores locuras que he vivido en Mostar, probablemente de las mayores locuras de mi vida -un no parar, moverme constantemente, sin dormir y sin comer, riendo y disfrutando como nunca. Winter Arts Festival, Winter Gala, saltar a un escenario; desnudarme con palabras cantadas a un micrófono de la mano de una de las mejores personas que podría haberme encontrado; aplaudir como nunca a los diálogos de García Lorca traducidos al inglés e interpretados por las maravillosas chicas de teatro, quienes fueron lideradas por una Bernarda holandesa. Y después, una maleta acabada más pronto que tarde, si se piensa en los horarios de las personas normales, furgoneta a Sarajevo y de ahí un avión a Munich, de Balcanes a Alpes, de un cielo a otro y sin parar, directo, entre las nubes y la nieve, acompañada por el ruido del motor y la conversación de Si-Jull. Horas de espera y Madrid.

Madrid.

Como ya he dicho, mi vida parece estar en stand by desde que llegué. Creo que sería más acertado decir que mi vida en Mostar es la que se ha quedado en espera mientras que he retomado la de Madrid casi sin diferencias, por muy distinta que me sienta. Como decía Julio Iglesias (aunque yo prefiera en esto a La loca María), la vida sigue igual. Yo lo disfruto todo, desde la comida casera a la comodidad de mi cama, el calor de un radiador debajo de mi mesa kilométrica, la tranquilidad del silencio o la compañía de las personas que me conocen desde hace tanto tiempo, pero mantengo esa sensación de doble vida y doble yo, sintiéndome casi traidora con la otra versión de mí misma que en realidad no dista tanto de esta, aunque siga sin ser la misma.

Sigo, con todo, en esta burbuja mía de felicidad en la que me he estancado y voy anidando con regocijo, con mucho tiempo libre ocupado en leer, dibujar, escribir y, por supuesto, sentarme en autobuses que suben y bajan la carretera de la Coruña como buena chica de pueblo.

Con tranquilidad, acompañada de Adela y Marie, del difunto Santiago Nasar y el cabronazo -porque no tiene otro nombre salvo, quizá, genio- de Baldés y, por supuesto, de la misma gente de siempre, voy dejando las fiestas pasar, de stand by a stand by, de Mostar a Madrid, de escala en escala, en tiempo presente.

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Piensa en ositos de peluche

Close your eyes…

Think about teddy bears,

Big and fluffy teddy bears.

Hugging you,

Kissing you,

Loving you.

Taking all your sorrows away…

Teddy bears, teddy bears.

Mandula (la misma chica de Ámsterdam a la que citaba hace ya tres meses y mediocompuso esta canción para mí ayer, mientras mi cerebro dejaba de funcionar en lo que solemos describir como mental breakdown due to overload.  Quedan menos de dos semanas para que llegue a Madrid y creo que tanto mi cuerpo como mi mente han decidido no aceptarlo, o aceptarlo pero aprovechar estos últimos días de mi primer semestre en Mostar al máximo.

Me he convertido en la persona que se escapa de una reunión porque llega tarde a otra, que cada vez que va a quedar con sus amigos tiene que sacar la agenda para asegurarse de que no hay nada en su horario que pueda interponerse, esa persona que pierde más calorías corriendo de una esquina a otra de las que puede ganar con todo lo que ingiere. Soy una persona con más compromisos que horas al día y tres calendarios sincronizados en diferentes rincones que frecuento para no olvidarme nunca de nada.

Me encanta.

Se me escapan los días casi sin que me dé cuenta: consejo de estudiantes; organización de Winter Gala; las clases de español que le estoy dando a Eva, una niña de seis años; preparar exposiciones, espectáculos; leer; leer; leer… Y entre reunión y capítulo, seguimos con las horas de té y galletas, boles llenos de grieß con canela y granada, miel a cucharadas y abrazos eternos. No me hago a la idea de que durante un mes no tendré a Paula llamando a la puerta con cuidado, como si me fuese a despertar cuando sabe de sobra que yo a las once no estoy en la cama; ni podré compartir mis granadas con Carme; ni escucharé a Anna y a Katarina discutiendo sobre la presentación de Teoría del Conocimiento… “Anna, you might as well think of something to say!” Quizá sea por eso que intento disfrutar de cada instante con un fervor casi enfermizo.

Mi cuerpo se queja de vez en cuando y me recuerda que dormir también es necesario, que seis horas no es tanto como me gustaría, que quizá esto no merece la pena… Y mi cabeza le da una colleja con fuerza, se bebe un café y sigue cantando “teddy bears, teddy bears.” Si la situación empeora, solo tienes que llamarles y ellos te abrazarán, te besarán y te querrán.

Y si no, lo hará una holandesa con ascendencia húngara que se ríe de una manera muy especial.

*Por cierto, la base musical utilizada por Mandula fue la de esta canción. Por si alguien se lo preguntaba.